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Nombre: pedsarod
Lugar: santo domingo, Dominican Republic

19.11.06

ESPAÑA, CUBA Y PUERTO RICO: EL DEBATE DE LA CRISIS DE 1898



El 1898 en América: Últimos resultados y
tendencias recientes de la investigación


Por: Antonio Santamaría García, Consuelo Naranjo Orovio


Indice
-Introducción.
-Estado de la cuestión antes de finales de 1996. Aportaciones más recientes.
-Abolición, inmigración, conflicto racial y una historia social escasa.
-Construcción y definición de la identidad nacional en el contexto internacional de fin de siglo.
-Españoles, cubanos y puertorriqueños. Estado colonial y relaciones post '98.
-Guerra, Revolución e injerencia externa. La construcción de dos Estados de soberanía limitada.
-Economía. Azúcar, tabaco, café y sectores vinculados. La ausencia de los grandes agregados.
-Últimos resultados y tendencias recientes de la investigación.
-Generalidades, síntesis, historiografía y fuentes.
-Ingenios por centrales y esclavos por colonos. Blanquear la población y preservar el status.
-Una historia social en construcción parcial. Fuentes y perspectivas poco explotadas.
-Ruptura y continuidad. Transformaciones políticas y relaciones sociales e intelectuales.
-Otros lugares, los mismos hechos. El 98 en América como acontecimiento internacional.
-La construcción política e intelectual de la identidad y de la nacionalidad.
-Otros temas. La historia económica de siempre y el lento avance hacia una perspectiva más integradora.
-Ideas para terminar.
-Referencias bibliográficas.

Introducción.

A Julio Le Riverend, maestro, In memoriam

Más como pretexto que como razón, el centenario de 1898 ha generado una vasta producción científica. Como pretexto, pues al menos desde 1986, por decir una fecha, cuando se celebró la abolición de la esclavitud, se mantiene con intensidad un flujo constante de publicaciones que estudian en un sentido amplio la coyuntura finisecular en los últimos reductos del imperio español en América. Tanto es así que en un trabajo con intención similar al que aquí nos ocupa, E. Hernández Sandoica (1998d: 15) afirma: "Sólo hace diez a os, parecía imposible que el ámbito de los estudios referidos a Cuba, escritos desde España, habría de convertirse en un tema mayor"; no obstante también es cierto, y eso explica tanto su esfuerzo como el nuestro, que "aunque felizmente esto ha sido así, hay que advertir que no se han emprendido todavía las síntesis que permitan dar cuenta, a un público más amplio que el procedente del más estricto americanismo, de los avances producidos".

Como E. Hernández Sandoica, y para empezar, digno es reconocer el esfuerzo realizado desde España y por españoles, y la calidad y el rigor científico de la mayoría de los trabajos resultantes, poco habitual en un panorama historiográfico nacional caracterizado hasta hace nada más bien por su aislamiento y alejamiento de los debates internacionales (con honrosas excepciones, por supuesto), defecto que, sin embargo, se va superando.

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Reconocido esto, que es de justicia, además de necesario para explicar la amplia presencia de autores españoles investigando el tema que nos ocupa, debemos decir, empero, que el criterio de selección de nuestro estudio no es la nacionalidad, sino la actualidad. Nos alejamos, asimismo, de los rígidos y ortodoxos nacionalismos que reducen el sentido de la historia y la historiografía a los estudios realizados dentro de sus fronteras; criterio que aplican también a sus fuentes primarias y secundarias, al menos a las explícitas, y que, en ocasiones, merman el valor de los mismos y, como consecuencia, la producción final no obedece en absoluto a una realidad en la que son continuos los intercambios académicos y el conocimiento mutuo que los historiadores tienen del referido debate internacional.

El incesante flujo de publicaciones ha generado un buen número de análisis historiográficos que, como el citado antes, tratan de organizar un debate desbordado por las voces que están participando en él. Todos ellos han quedado rápidamente desactualizados, incluso algunos que todavía están en prensa, ya que desde finales de 1996 se han editado mas de ochenta obras que, por lo general, son compilaciones y reúnen en su interior casi seiscientos artículos.
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Como ya dijimos, el criterio de selección de este estudio es la actualidad, pero, por qué elegimos concretamente los trabajos editados desde finales de 1996?. La respuesta es simple. A partir de esas fechas se comenzaron a publicar algunos estudios representativos del nuevo debate en torno al 98 en América. Uno de ellos, que comentamos en diversos apartados del artículo, es el editado por C. Naranjo, M.A. Puig-Samper y L.M. García Mora (1996), La nación so ada: Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98 . Los comentarios de que ha sido objeto avalan esta propuesta: "contiene, a no dudarlo, muestras de calidad historiográfica extraordinaria [...] Nadie podrá doblar la esquina del 98 alegando ignorancia sobre las colonias y mucho menos falta de información" [E. Hernández Sandoica (1998a: 145)]. Además, tanto su contenido como el de varias monografías que lo precedieron se examina en los referidos análisis bibliográficos anteriores, a los cuales, partiendo de lo que a salido después de él, el nuestro completa y complementa.

Aparte de cronológicas, este artículo tiene limitaciones temáticas y muestrales. Su título expresa las primeras: El 98 en América. Aquí no analizaremos más que de soslayo a otros noventa y ocho, como el filipino o el llamado desastre español, que dejamos para especialistas en el tema, pues nosotros no lo somos. Sí haremos referencia, por contra, a otros países americanos aparte de los que surgieron de las últimas colonias de España, incluidos los EE.UU.2 La limitación muestral se debe a que, pesar de la magnitud de lo incluido, quedan excluidos de nuestros comentarios por razones de espacio y de abarcabilidad los artículos publicados fuera de las compilaciones específicamente dedicadas al tema.
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Gran parte de las obras comentadas aquí, como hemos dicho, reúnen estudios de diversos autores y temas. 4 Algunas, además, para tratar de evitar la citada rápida desactualización que han padecido muchos ensayos como éste publicados últimamente, aún están en fase editorial, pero gracias a sus autores, hemos podido tener en primicia el manuscrito, o al menos el índice, 5 que en casos fue suficiente debido al conocimiento previo que uno de nosotros tenía de su contenido por haber asistido a los eventos que dieron lugar a muchas de las monografías analizadas. Aun así, somos conscientes de que en breve saldrán como mínimo una decena de estudios que ni siquiera por el procedimiento anterior hemos podido incorporar. 6

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El debate en torno al 98 en América se ha expresado sobre todo en obras que contienen trabajos de varios autores debido a la forma en que se ha desarrollado, principalmente a través de reuniones de carácter internacional. Tal procedimiento tiene sus pros y sus contra, pero creemos que el saldo será positivo. A corto plazo puede crear confusión y desorden por lo mucho que en esos foros se ha podido decir -y luego publicar- pero a medio y largo plazo, una vez eliminemos lo superfluo, procesemos, valoremos y ordenemos las diversas contribuciones, lo que quedará será una semilla de diálogo y sana discusión, que esperamos permanezca como rasgo distintivo de esta historiografía. Obviamente, todo ello ha sido posible gracias al esfuerzo de personas e instituciones que convocaron, organizaron, buscaron financiación, moderaron el debate y editaron los libros. 7

Sin menospreciar a las demás, pues son muchas las entidades que han abierto espacios de discusión, es justo destacar la cooperación entre las Universidades Complutense y Autónoma de Madrid, Jaume I de Castellón, de La Habana, de Puerto Rico (Recinto de Río Piedras), Michoacana San Nicolás de Hidalgo (México) y el CSIC (España), que además de haber dado buenos resultados, explica la presencia de tantos historiadores mexicanos en las obras que aquí comentamos y la importancia concedida al tema del 98 en México.
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Aparte de exponer sus límites y alcances, esta introducción pretende apuntar brevemente la estructura del trabajo. Empezaremos examinando el estado del conocimiento acerca del 98 en América inmediatamente antes de la aparición de las obras objeto de estudio, haciendo hincapié en los avances producidos en los últimos a os, de los cuales, como dijimos, son continuación los más actuales. Seguidamente analizaremos éstos, tratando de obtener, para finalizar, algunas conclusiones en torno a lo que hemos avanzado recientemente para mejorar lo que se sabe sobre el tema, a las carencias que todavía tenemos y a las tendencias que parece apuntar la investigación para un futuro próximo.

Estado de la cuestión antes de finales de 1996. Aportaciones más recientes.

Antes de mediados de los ochenta, el debate historiográfico en torno a la coyuntura finisecular en la América española se había caracterizado por un diálogo escaso entre las partes con historias implicadas debido a problemas como el status puertorrique o dentro de los EE.UU., las difíciles relaciones norteamericanas con Cuba, los cambios interpretativos comunes en las investigaciones cubanas por razones político-ideológicas, como se ala C. Almodóvar (1989: 173-191 y 1993: 62-71), o el citado aislamiento intelectual español. Varios de esos inconvenientes persisten, pero -como dijimos- el efecto de las celebraciones en este caso ha sido positivo y, al menos desde que se conmemoró el centenario de la abolición, las cosas han variado. A continuación revisamos lo que sabemos sobre el tema y cuáles han sido los avances más relevantes en la última década. Para no hacer tediosa la lectura, cuando sea posible citaremos otros trabajos en los que el lector interesado, y sólo él, pueda encontrar las referencias bibliográficas precisas.
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Abolición, inmigración, conflicto racial y una historia social escasa.

Empezando por la abolición, los estudios acerca del tema, en especial en Cuba, habían insistido sobre todo en sus causas y consecuencias político-institucionales, además de laborales, hasta que los trabajos de R. Cepero (1947), continuados luego por M. Moreno (1978 y 1983) modificaron la perspectiva de investigación. Vinculando el problema con la evolución de la industria azucarera, ambos sostuvieron que la esclavitud desapareció por su incompatibilidad con la modernización de ésta durante la Segunda Revolución Industrial. Nuevas obras escritas en los ochenta cuestionaron dicha tesis. Por ejemplo, R.J. Scott (1985) mostró que también había que ver las cosas desde el otro lado e indagó en las luchas de los negros por su liberación, óptica retomada recientemente por G. García Rodríguez (1996), que examina desde el punto de vista de los siervos sus reivindicaciones y su universo vital. L.W. Bergad (1990), por otra parte, intentó probar que estos últimos no sólo no eran incompatibles con la modernización de los ingenios, sino que su trabajo era más rentable que el de los obreros asalariados. L.W. Bergad et al. (1995), en un ingente trabajo de archivo, además, nos han dejado una reconstrucción del precio de los esclavos. 10

Como la del ciprés, la sombra de la esclavitud es alargada. Partiendo de ella es posible abarcarlo casi todo en el Caribe finisecular. Verbigracia, se puede encontrar una perspectiva más humana del problema o análisis sobre sus implicaciones culturales y antropológicas.11 No por casualidad se habla en las Antillas de una sociedad esclavista y una sociedad postesclavista, aunque de esta última sabemos poco. Contamos con buenos estudios parciales, algunos recientes, acerca del movimiento obrero, el bandolerismo, la prostitución, la criminalidad o la masonería, y en relación con ciertos grupos como la elite socio-económica hispano-cubana o los chinos, y con varias obras generales que se hacen eco de esas carencias, pero no las resuelven.
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En relación también con la sociedad postesclavista en un sentido amplio, muchas obras han analizado en los últimos a os la inmigración que fluyó hacia Ultramar, sobre todo de España a Cuba, aunque no solamente. Aparte de las compilaciones y trabajos generales, como los de C. Naranjo, coord. (1990), F. Iglesias (1988a), J. Maluqer (1992), C. Yáñez (1994a) o C. Alonso (1993), y de los que han reconstruido las cifras de ese flujo, como los de B. Sánchez Alonso (1990 y 1995) y C. Naranjo (1993) y los dos últimos citados antes, varios estudios han indagado en aspectos vinculados con la historia de las mentalidades [C. Naranjo (1987 y 1988)], en el examen de casos concretos [A. García Álvarez (1994), D. González (1994) o M.A. Marqués (1996a)], o en los efectos económico-sociales del fenómeno migratorio, como las remesas retornadas por los que se fueron [J.R. García López (1992 y 1994)], la reubicación profesional de los españoles en Cuba [C. Naranjo (1994)], la formación de redes familiares y de paisanaje [M. Llordén (1992)] y su influencia en el mercado de trabajo y en el movimiento obrero [ A.F. Losada (1995) y O. Cabrera (1993)] o las diferencias de renta entre la población local y la que llegó de fuera, que J. Maluquer (1994: 148) encuentra bastante elevadas a favor de la segunda y que pudo ser motivo de conflictos entre ambas. Éstos son, por otro lado, los temas menos conocidos y que se deben investigar más. Diversas obras, además, coincidiendo con la configuración del Estado Autonómico español, han examinado la relación específica de sus regiones con Cuba y Puerto Rico. Finalmente, mención aparte por su contenido merece el análisis de la emigración cubana a los EE.UU. de R. Álvarez (1986).13

La demografía histórica también se ha enriquecido recientemente con estudios de carácter general que completan las obras clásicas, como por ejemplo la de J.L. Luzón (1989), que examina la relación economía-población-territorio, y con aportaciones más cualitativas que -según E. Hernández Sandoica (1997a: 154)- predominan actualmente. Lo cierto es que los citados esfuerzos de cuantificación no se agotan en sus resultados, al menos no deben hacerlo, sino que tienen como fin sentar las bases para discutir con mayor precisión sobre aspectos más genéricos y, por ende, más integradores, multidisciplinares y atractivos para el lector no especialista. En ese sentido, el debate abierto más interesante gira en torno a los problemas raciales y de diferenciación social; temas relacionados, por supuesto, con la definición socio-política de los Estados y con la economía, pues en definitiva, fue el crecimiento de ésta la razón que convirtió a Cuba en un país receptor de esclavos y, luego, de población foránea en masa. La política migratoria, el control de la inmigración, que por los motivos citados era en parte de carácter golondrino e indeseable desde muchos puntos de vista, pero idónea para realizar faenas agrícolas poco especializadas en época de cosecha, así como la discriminación de las minorías, sobre todo de color, ha sido objeto de infinidad de análisis y fuertes controversias, por ejemplo, entre A. Helg (1995) y A. de la Fuente (1995 y 1996).14

La controversia sobre la discriminación social por razones de color, sexo o procedencia enfrenta dos posturas tan irreconciliables como, paradójicamente, complementarias, pues en definitiva se refieren a cuestiones distintas, una a la estructura del sistema social; la otra, a los cambios en su interior, destinados a preservarlo, pero que a la postre pueden llegar a alterarlo. Así, por ejemplo, el hecho de que con el tiempo se evidencien mejoras en la situación de determinados grupos marginados, como se ala A. de la Fuente (1996), no excluye, sino más bien prueba su marginación dentro de dicho sistema, que defiende A. Helg (1995), lo que, a su vez, explica contradicciones como la convivencia de esas mejoras con demostraciones de violencia política. De estas reflexiones se derivan infinidad de posibilidades de investigación, algunas de las cuales han sido exploradas. Verbigracia, una tesis extendida acerca de la finalización del dominio español en las Antillas no se pregunta por qué acabó en 1898, sino por qué no lo hizo antes, y una respuesta probable es que la existencia de la esclavitud hasta mediados de los a os ochenta desalentó la causa independentista en las elites insulares por el temor a que la emancipación provocase cambios revolucionarios en el status quo racial. Obviamente, aparte de la población de color, también preocupaban en ese sentido sectores más integrados, como las clases medias o el naciente movimiento obrero. Otra perspectiva de investigación se ha interesado más por la forma en que se justificó la discriminación y sus resultados en términos de control socio-poblacional, en especial de la inmigración. Al ser esa justificación principalmente científica o pseudocientífica, en los trabajos sobre el tema han colaborado profesionales de distintas disciplinas, como la biología o la medicina, que también han experimentado avances importantes en sus estudios históricos recientemente, algunos de los cuales han conducido hasta la referida colaboración.
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Construcción y definición de la identidad nacional en el contexto internacional de fin de siglo.

La preocupación por preservar el status frente a los cambios políticos que supuso el fin del dominio español es parte consustancial del tema que ha articulado el debate en torno al 98: la construcción nacional en territorios que hasta entonces fueron colonias y cuya emancipación no desembocó en independencia plena. Por otra parte, así es como ha sido abordado el problema, desde una perspectiva amplia y multidisciplinar, en algunas obras colectivas como la citada de C. Naranjo et al., eds. (1996). La discusión se ha desarrollado, además, en el ámbito de una renovación de las interpretaciones globales sobre el desenvolvimiento de las sociedades antillanas coloniales y postcoloniales, de la que son muestras las obras Historia de Cuba (1989-), J. Ibarra (1992 y 1995a), L. Bethell (1993), IHC (1994-) o M. Moreno (1995) para Cuba, y F. Picó (1988), B.G. Silvestrini y M.D. Luque (1992) o F.A. Scarano (1993) para Puerto Rico. Más que novedades temáticas, todas ellas coinciden en tratar los problemas dentro del contexto internacional, a largo plazo y en términos comparativos, aunque con diferencias destacables. Así, se puede decir que las de J. Ibarra son las más continuistas, y que la de M. Moreno es la que alberga mayores pretensiones de ruptura con los estudios precedentes, no obstante luego no se materializan en el resultado en la misma media en que se nos presentan. Las otras son más compensadas.
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El contexto internacional del 98 es referencia ineludible para entender la finalización del dominio hispano, la creación de nuevos espacios políticos en las excolonias y el reparto de áreas de influencia entre las potencias mundiales. Precisamente ésa fue en su momento la principal aportación española a la historiografía sobre el tema, con obras como las de R. Mesa (1967), J. Salom (1967 y 1988), J.M. Jover (1979) o J. Pabón (1988), que completaron las tesis clásicas de J.A. Hobson (1920) o V.I. Lenin (1939), continuadas luego por autores como R. de la Torre (1988), L. Álvarez (1988 y 1996), C. Robles (1996) o F. García Sanz (1996), incluso por norteamericanos como A. Pagden (1988). A. García Álvarez (1995a) es quien ha precisado mejor la relación entre todos esos factores para el caso de Cuba. Dice que su tardía independencia la libró de los problemas de inmadurez republicana que sufrieron otros países latinoamericanos. Frente a ellos, afrontó su guerra de liberación con un proyecto de nación, pero la coyuntura en que se dirimió aquélla impidió materializarlo, frustrado por los intereses expansionistas de los EE.UU. que, coincidiendo con los de parte de la burguesía local, determinaron el futuro de nuevo Estado.
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Dentro del contexto descrito anteriormente, el problema de la construcción de la identidad nacional ha sido abordado desde dos perspectivas complementarias, intelectual y político-institucional. Dentro de la primera, además, encontramos estudios generales y análisis de aspectos concretos, en particular, de determinadas obras. De especial relevancia por su significado son los trabajos de J. Ibarra (1980), P. Estrade (1987 y 1995), N. Martínez Díaz (1986), M.L. Laviana (1988) y ed. (1988), O. Ette y T. Heydenreinch, eds. (1994), R. de Armas (1994), F. López Civeira (1995) o A. Elorza (1996), dedicados a J. Martí, cuya muerte se conmemoró en 1995; los de J. Ferres (1990), A. López Cantos (1991), M. Maldonado-Denís (1992), A. Ruano (1993), M.D. González-Ripoll (1996) o P. Estrade (1993 y 1996) sobre los puertorrique os E.M. de Hostos y R.E. Betances, considerados, junto a J. Martí, padres de la patria y del Antillanismo (proyecto de Confederación Antillana formulado en la década de 1890); los de M.C. Simón (1986), F. Laguna (1991), U. Vicente (1992), L.M. García Mora (1993a), E. Hernández Sandoica (1994b) o A. Serrano de Haro (1996) acerca del español R.M. de Labra, defensor de la abolición, el autonomismo y la reforma colonial, entre otras cosas; incluso el más genérico de J. Ibarra (1972) que indaga en la ideología mambisa, y los de T. Mallo (1996) y L.M. García Mora (1996a) que analizan instituciones como el Ateneo de Madrid, que fue uno de los espacios en que se debatió la cuestión colonial española. Respecto a los estudios generales, lo más interesante quizás es una controversia implícita -pues los autores eluden la polémica- entre los que creen que el conocimiento del tema ha avanzado gracias a las discusiones teórico-metodológicas, y los que piensan, como apuntaba C. Almodóvar (1989: 173-191), que precisamente tales discusiones han impedido hasta ahora ir más allá del planteamiento de interrogantes. Ejemplos de ambas posturas son los trabajos de J. Opatrny (1994), quien sostiene que la dialéctica criollo-europeo, sesgada a favor de lo segundo, definió la idiosincrasia de los nacionalismos antillanos, y de E. Torres Cuevas (1993), quien dice que el examen del problema debe abordarse mediante la interacción de tres conceptos clave: patria, pueblo y revolución, que J. Martí sintetizó y el marxismo permitió instrumentalizar [sic].18

C. Almodóvar (1995) muestra que proyectos concretos como el de J. Martí no fueron únicos e indiscutibles en su momento, impresión de la que es culpable en gran parte la historiografía. Por ejemplo, E. Trujillo, J.I. Rodríguez o E. Collazo mantuvieron posiciones distintas, incluso enfrentadas con las de aquél. No obstante, polémicas aparte sobre su delimitación específica en uno u otro autor, hay un acuerdo amplio acerca de que los fundamentos intelectuales de la nacionalidad están representados en las obras de los referidos J. Martí, E.M. de Hostos o R.E. Betances y se definen a través de elementos contrapuestos, a veces complementarios, a veces antagónicos, algunos ya citados y que hunden sus raíces en un pasado más o menos remoto (criollo versus europeo, negro versus blanco); otros más novedosos o cuya importancia aumentó en la coyuntura finisecular (natural versus inmigrado, hispano versus anglosajón). Todo ello caracterizó a sociedades que habían alcanzado cierto grado de identidad nacional, mayor sin duda en el caso cubano, aunque aún estaban en proceso de formación poblacional y cultural. Sobre algunos de esos problemas ya hemos analizado lo que sabemos. Por haberlos dejado para más tarde, los otros no son menos relevantes, pero tal vez si más candentes debido al carácter internacional que está teniendo el debate en torno al 98.

Españoles, cubanos y puertorriqueños. Estado colonial y relaciones post 98

Entender la evolución de las relaciones cubano-españolas después del 98 requiere hablar antes del Estado colonial. Las citadas obras de E. Hernández Sandoica (1982 y 1994b), iniciadora e impulsara de estos estudios, de C. Sáiz Pastor (1990 y 1994) y A. Bahamonde y J.G. Cayuela (1992), y las de I. Roldán (1991, 1994 y 1996), J.A. Piqueras (1992 y 1996), J.G. Cayuela (1993, 1994 y 1996) o L.M. García Mora (1993b, 1994a y b y 1996b) insisten en lo peculiar de sus fundamentos. J.G. Cayuela opina que, por su debilidad, el mercado peninsular no absorbió la producción insular, así que su nexo con la metrópoli no lo proporcionó éste, sino la consolidación de una elite económica con poder a ambos lados del Atlántico. Los cambios en el comercio y en las relaciones internacionales a finales del siglo XIX, el fracaso de las reformas que implementó dicho Estado para hacerles frente -según I. Roldán y L.M. García Mora- y, en opinión de este último, su incapacidad para mediar entre los distintos intereses implicados en los asuntos de Ultramar, debido -dice E. Hernández Sandoica- a su falta de autonomía frente al poder económico, explican políticamente la independencia. Todos esos estudios destacan, además de por su contenido, por su excelente factura teórico-metodológica, incorporando al debate instrumentos recientes de análisis historiográfico a nivel mundial, como el concepto de Estado-mediador o la teoría de los grupos de presión. Con una proyección más socio-económica que la de los anteriores, destacan en la aplicación de esa teoría los trabajos de M.C. Barcia (1993) y J.A. Piqueras (1996).
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El colonialismo decimonónico español fue tan peculiar en el caso puertorrique o como en el cubano, pues, paradójicamente, en el primero las formas de explotación metropolitana respondieron a pautas más convencionales (el café era su principal artículo exportable y su mercado estaba en Cuba y España), pero el control metropolitano fue más débil. La razón estriba, seguramente, en la menor potencialidad de su economía y, por ende, de los intereses económicos implicados. Ahora bien, los estudios sobre el tema insisten igualmente en que el Estado no supo adaptarse a los cambios que conllevó la coyuntura internacional y aunque la revolución independentista tuvo poco éxito, también se desarrolló un sentimiento nacional similar al de la mayor de las Antillas, sustentado en los sectores medios y populares y en la burguesía azucarera.
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Sea como fuere, la historiografía ha destacado que en Puerto Rico, y aún más en Cuba, las relaciones entre españoles e insulares se restablecieron tras el 98, predominando los elementos de continuidad sobre los de ruptura. Como razones se han se alado el carácter anticolonial, pero no antiespañol con que J. Martí concibió la independencia; la inmigración peninsular, que siguió con más fuerza en el siglo XX; el hecho de que la guerra no acabase con la rendición de un bando frente al otro, sino ante un tercero, los EE.UU., cuya intervención provocó la identidad de ambos en un especie de victimismo (derrota metropolitana, pero también de los proyectos independentistas isle os), además de otro factor, de más raigambre, e igualmente vinculado con la identidad y reforzado por dicha intervención: el sentido de lo hispano por oposición a lo anglosajón. 21


Como en otros casos, la investigación ha indagado sobre la dimensión práctica e intelectual de esas categorías. Así, autores como C. García del Pino, aunque en referencia a un momento anterior, han se alado la conexión entre los levantamientos cubano, puertorrique o y español ( Revolución Gloriosa) en 1868 y, en un sentido más amplio, los referidos estudios de J.A. Piqueras (1996), han intentado dilucidar hasta qué punto se puede decir que intereses coincidentes en la metrópoli y las colonias hicieron causa común en determinadas circunstancias tratando de imponerse, pues el hecho de que, por ejemplo, el Estado colonial tomase una decisión y no otra sobre un asunto y que esa decisión favoreciese a ciertos grupos no prueba en sí mismo la existencia de una acción de presión colectiva consolidada y consciente.

La historia intelectual ha destacado también la conexión entre aquellos grupos que, en Latinoamérica y España, abogaron por modernizar sus sociedades y romper con el pasado más atávico, motivo por el que iniciaron una reflexión en busca del sentido de lo nacional y específico de su cultura. Para ellos, la coyuntura finisecular fue un hito, pues evidenció el atraso y debilidad de sus países, fundamentalmente frente a la expansión de los EE.UU. En opinión de uno de nosotros, esa reflexión tuvo como principales referentes en América las obras de J. Martí (1891) y J.E. Rodó (1900) y fue dentro de ella donde se definieron nuevos significados de sus componentes étnico-culturales, tanto indígenas como hispanos. 22

Guerra, Revolución e injerencia externa. La construcción de dos Estados de soberanía limitada.

Recobrando el hilo troncal del discurso, que la complejidad del debate historiográfico obliga a perder en más de una ocasión, debemos recordar lo que dijimos acerca de que el problema de la construcción nacional tenía una dimensión intelectual y otra político-institucional. El análisis de esta última quedó pendiente. Ya anotamos que el fin del dominio colonial en Cuba y Puerto Rico no desembocó en una independencia plena debido en parte a la coyuntura en que se produjo la guerra de liberación. No hay acuerdo acerca de si en 1898, tras tres a os de conflicto hispano-cubano, éste estaba a punto de acabar. Estudios recientes sugieren que no está claro que los mambises lo tuviesen ganado cuando intervinieron los EE.UU., lo que tampoco implica que las tropas metropolitanas estuviesen en condiciones de vencer; por tanto, también se sigue discutiendo si tal intervención fue definitiva, sobre sus motivos o sobre la descompensación entre las fuerzas norteamericanas y españolas que lucharon en el Caribe. No insistiremos en esos asuntos pues requieren un grado de conocimiento técnico que no tenemos, pero, además de citar otros trabajos donde se puede encontrar más información, es preciso comentar que el debate al respecto se ha ampliado últimamente, analizando temas colaterales de lo militar, pero de gran importancia socio-política, económica o poblacional, como la presencia de españoles en las filas rebeldes, la función del ejército como vía migratoria o las consecuencias de ciertas acciones de la guerra como las deportaciones.
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Aparte de un hecho militar, la intervención de los EE.UU. en la guerra hispano-cubana fue trascendental para la evolución socio-política y económica de Cuba y Puerto Rico. Tras la rendición española, aquéllos impusieron a la primera un gobierno de ocupación que sentó las bases de un futuro protectorado, e incorporaron la segunda con un status impreciso, que aún es fuente de problemas, no obstante se delimitó mejor a os después. En ambos casos, pues, un tercer país determinó en mayor o menor grado la construcción político-institucional del Estado, hecho que la historiografía ha calificado con nombres como la revolución pospuesta [R. de Armas (1975)] o el hilo del laberinto [A. Cubano (1990)]. El programa revolucionario, más o menos definido en cada caso, tuvo que modificarse en función de esa injerencia externa, aunque, y en ello la mayoría estamos de acuerdo, con la aquiescencia de parte importante de la oligarquía local. Además, si bien es cierto que en las dos islas hubo tradicionalmente movimientos anexionistas (a los EE.UU.) con fuerza variable dependiendo de la coyuntura, que junto a los incondicionales (de España), autonomistas e independentistas agruparon las distintas posiciones políticas en la colonia, no sólo los primeros apoyaron dicha injerencia, la cual provocó una redefinición de intereses que explica, por ejemplo, la preservación del poder económico de los españoles al que nos referimos anteriormente.
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La anexión de Puerto Rico a los EE.UU., matizada y no bien definida, pero anexión al fin y al cabo; el protectorado que impusieron a Cuba; sus relaciones con ambas islas y la construcción político-institucional del Estado neocolonial, han gozado tradicionalmente del interés de la investigación25 y -como cabía esperar- cuentan con estudios recientes numerosos y de gran calidad, como los de L.A. Pérez (1986, 1988a, 1990 y 1991), J.M. Hernández (1992) y C. Planos (1995) para la segunda, y de F. Picó (1987), A. Cubano (1990) y P. Barbosa (1996) para la primera; sin embargo, no insistiremos ahora más en estos aspectos, pues volveremos sobre ellos más adelante. Entonces abundaremos también en otras contribuciones de diversa índole que han quedado fuera de esta apretada síntesis por razones de espacio, a cambio de insistir en lo más general. Para concluir ese propósito sólo nos queda hablar de la economía.

Economía. Azúcar, tabaco, café y sectores vinculados. La ausencia de los grandes agregados.

Según E. Hernández Sandoica (1997a: 149), la economía ha sido una de las privilegiadas de la historiografía reciente, al menos en España; pero tal impresión se debe a la abundancia de estudios sobre la inmigración, los negocios peninsulares en las Antillas y el comercio hispano-insular. Por otro lado, es indudable que el tema cuenta con obras excelentes sobre esos y más aspectos, antiguas y actuales, y también que los mejores profesionales cubanos le han dedicado su esfuerzo en algún momento, labor en la que les acompa an cada vez más españoles y estadounidenses. Algo similar sucede en el caso de Puerto Rico. Además, de lo dicho en páginas precedentes se deduce que los factores económicos son esenciales para entender el 98, pues por mucho que se quiera matizar, toda relación colonial o neocolonial implica formas de explotación. Nadie discute que su especialización en producir azúcar, cuya venta se concentró progresivamente en el mercado norteamericano desde mediados del siglo XIX, es clave para explicar la guerra de independencia y el protectorado impuesto en Cuba por los EE.UU., que tuvo como contrapartida un tratado comercial que favorecía dicha venta. Tampoco se duda que los beneficios económicos que implicaba la integración en ese último país fue una razón importante para que los puertorrique os la aceptasen.

Por buenos y abundantes que sean los trabajos para otros temas y a pesar del acuerdo sobre su importancia, el análisis de los factores económicos del 98 es muy deficitario. Citando a la propia E. Hernández Sandoica, cuando analizamos los estudios migratorios dijimos que tras disponer de la necesaria evidencia numérica, el debate ha crecido, transitando hasta latitudes más cualitativas. Con la economía ocurre al revés. La discusión se asienta sobre un enorme vacío al carecer de estimaciones para los grandes agregados (renta, precios, salarios reales, términos de intercambio), en especial para el siglo XIX, incluso de una reconstrucción de la estadística comercial, pues sólo a través de ellas podremos precisar cuán cierto es eso que repetimos tantas veces de que la crisis antecedió a la guerra de independencia de Cuba. Disponer de tal conocimiento seguramente no cambiará lo que ya sabemos grosso modo, pero aportará solidez al debate, le permitirá madurar y abrirá nuevas perspectivas de investigación, como ha sucedido en otros casos.
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Antes de mediados de la década de 1980 contábamos con buenas obras descriptivas de carácter general y, además de las citadas sobre la inmigración, la esclavitud, la relación colonial y con los EE.UU. y el movimiento obrero, con excelentes estudios acerca de la industria azucarera esclavista, la manufactura tabacalera, las finanzas y el comercio en el siglo XX.
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En los últimos años se ha avanzado más en el conocimiento de todos esos aspectos gracias en parte a tesis doctorales, aunque no solamente, que han mejorado lo que sabemos de las referidas industria tabacalera en el largo plazo; de la azucarera, particularmente para las primeras décadas del siglo XX; del comercio y las finanzas en el siglo XIX y de otros sectores como el ferroviario. Además, de modo incipiente pero sólido, se han empezado a usar metodologías historiográficas bastante novedosas, como la econometría aplicada a la historia económica, y se han realizado interesantes aportaciones en ámbitos de conocimiento explorados desde hace pocas décadas, como la citada historia de los grupos de presión, la historia económica de la empresa o la historia de la tecnología.
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En suma, además de la falta de reconstrucciones y de estimaciones estadísticas básicas, los análisis de historia económica de Cuba se han concentrado en el sector externo y las actividades vinculadas con él. Por otro lado, igual que ocurría con la historia social, las últimas décadas del siglo XIX han sido mucho menos investigadas que las precedentes y subsiguientes. Lo mismo, por otro lado, se puede decir del caso puertorrique o, hasta el punto que en los trabajos citados a pie de página se observa una correspondencia temática casi mimética con los referidos para el cubano. Del debate sobre aquél hay que destacar un grado menor de acuerdo reciente en torno a la continuidad o ruptura de las relaciones entre españoles e insulares y, en especial, acerca del mantenimiento de la elite economía peninsular tras el 98. Las obras de J.A. Giusti (1996) y T. Martínez-Vergne (1992) son ejemplos de ambas posturas respectivamente.
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Últimos resultados y tendencias recientes de la investigación.

Planteado el estado de la cuestión desde una perspectiva amplia, se puede decir sin que el lector menos versado tenga que hacer auto de fe, que los trabajos editados en los últimos meses son continuistas respecto a las tendencias historiográficas precedentes, aunque ciertas polémicas han pasado a segundo plano, han surgido otras, ha mejorado el conocimiento de varios temas y se han abierto unas cuantas líneas nuevas de investigación. En suma, el debate ha crecido y madurado con una rapidez que no hubiese sido posible sin disponer de tantos espacios de discusión.

Generalidades, síntesis, historiografía y fuentes.

Una de las carencias historiográficas que se alaba E. Hernández Sandoica (1998d) era que no se habían emprendido trabajos de síntesis que diesen cuenta de los últimos avances a un público más amplio que el procedente del americanismo. Varios estudios de carácter general han visto la luz recientemente, unos breves, como los de J. Le Riverend (1997) o A. Cubano (1998b); otros de más envergadura, dirigidos a profesionales de cualquier campo de la historia y las ciencias sociales, a alumnos universitarios, como 1898: el saldo... (1998) o la compilación de J. Casanovas, coord. (1997), o a lectores meramente interesados, como los editados por S. Juliá, dir. (1997-1998) o J. Figuero y C. García Santa Cecilia (1998) en El País y El Mundo. Entre ellos hay contribuciones de todo tipo, cubanas, españolas, puertorrique as o de otros países, como la de J. Opatrný (1998c) sobre la Guerra Hispano-Norteamericana en la prensa checa; con una perspectiva política, como la de A. Elorza y E. Hernández Sandoica (1998); social y militar, como las del IHC (1996) y G. Ojeda, ed. (1998). Incluso hay quien ha repensado el 98 desde la óptica del presente, sobre todo para Puerto Rico [L. Agrait (1998b y c), M.D. Castro (1997a), G.L. García (1998) o D. Sommer (1997)], pues los problemas iniciados entonces (su status y la situación de sus inmigrantes en los EE.UU. o el bilingüismo) siguen siendo temas candentes, pero también intentando extraer lecciones para retos como la integración de los mercados caribe os, lo que preocupa a P. Pérez Herrero (1996). Hay que decir, finalmente, que alguno de esos estudios generales ha procurado generar polémica. Por ejemplo, Ch. Schmidt-Nowara (1998) cree que el colonialismo español post-Ayacucho fue un proyecto moderno y de gran escala, aunque sus argumentos para probarlo son poco convincentes. 30

Aún hay mucho quehacer para que el reciente esfuerzo de investigación llegue a los manuales, y aún más para que deje su huella en la cultura y mentalidad popular, pero las obras citadas anteriormente son un primer paso bastante sólido y además continúan y completan la renovación historiográfica que apuntamos se inició en a os precedentes, caracterizada por abordar los problemas desde una perspectiva amplia, menos prejuiciada que la de algunos de sus antecedentes, comparativa y metodológicamente más refinada. A esa labor coadyuvan, asimismo, los análisis bibliográficos, que también son esfuerzos de síntesis, aunque con intenciones más profesionales, y un buen número de trabajos destinados a proporcionar instrumentos que faciliten la investigación, como las bibliografías de Y. Castillo et al. (1998), F. Moscoso (1998) e I. Roldán (1998a), la reedición de textos de R.M. de Labra y otros hecha por M. Bizcarrondo (1998); las que preparan C. Almodóvar y A.M. Fernández acerca de M. Gómez y J. Martí (ver nota 6), y los CD-Rom de la propia A.M. Fernández, ed. (1998) sobre el 98 en la mayor de las Antillas y de A. García Álvarez y L.M. García Mora (1998), que incluye una bien elegida colección documental (fuentes y estudios de época) para la historia de Cuba hasta 1930.
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Ingenios por centrales y esclavos por colonos. Blanquear la población y preservar el status.

Empezando por la abolición, para seguir el mismo orden del apartado anterior, los últimos trabajos muestran que el debate aún está abierto. Uno de nosotros, A. Santamaría y L.M. García Mora (1998b), tras analizar los dos censos azucareros de 1860 y 1877, sostemenos que aquélla se explica fundamentalmente por las presiones externas, que coincidieron con un proceso de modernización de los ingenios, sin que por ello se pueda hablar a priori de una relación causa-efecto entre él y la supresión de la esclavitud, mucho menos de la contradicción que decían M. Cepero (1947) o M. Moreno (1978). Ahora bien, obras como la de L.W. Bergad (1990) tampoco prueban satisfactoriamente que aquélla fuese más rentable que el trabajo libre, pues usa datos de salarios en una economía esclavista, poco válidos como contrafactual, de modo que sus cálculos indican dicha mayor rentabilidad, pero no demuestran su hipótesis. En última instancia, además, nuestro trabajo, que es un antecedente de otro más exhaustivo en fase de realización [ L.M. García Mora y A. Santamaría (inédito)], apunta algo que la historiografía ha omitido hasta ahora y que es una evidencia de peso a favor de las tesis que defendemos, y es que la industria azucarera decimonónica no reemplazó los esclavos con asalariados, al menos no exactamente, sino que inició una profunda transformación tecnológico-organizativa que, al mismo tiempo, centralizó la producción y descentralizó la oferta de caña [ver A.D. Dye (1998) y A. Santamaría (1995b)].

Lo que se deduce de conclusiones como la anterior es que la abolición y la modernización de la industria azucarera deben estudiarse dentro de un contexto amplio en el que interactuaron múltiples factores, los mismos que explican el 98 tal y como aquí lo entendemos. El peculiar proceso de transformación de esa industria, único en el mundo, a pesar de lo que sostiene J.A. Piqueras (1998a: 169), respondió a la necesidad de abaratar costes para mantener su competitividad internacional, optimizando el uso de los recursos disponibles: la abundancia de tierra y materia prima y la escasez de trabajo. Para resolver dicha escasez se acudió a la inmigración que, además, seleccionada adecuadamente podía blanquear la sociedad para reducir la importancia del elemento negro heredada de la esclavitud. En A. Santamaría y L.M. García Mora (1998a) y en función de todos esos parámetros, analizamos el colonato, institución resultante de la referida descentralización de la oferta de caña, esgrimiendo que la coincidencia de intereses económicos y socio-políticos se mantuvo mientras no obstaculizó la rentabilidad del sector, pues atrajo inmigrantes blancos, dotándolos de tierra, ligó a ella a los cultivadores y permitió seguir en el negocio a antiguos hacendados venidos a menos y a algunos ex-esclavos; pero también permitió el crecimiento de la producción cuando acabó la guerra y se dispuso del mercado norteamericano para venderla, lo cual, con el inconveniente a adido de la merma poblacional que significó el conflicto, agravó el problema de la falta de brazos, y obligó a recurrir al inmigrante indeseable (negros antillanos principalmente) que, además, ofrecía más barato su servicio, deprimía los salarios y era menos conflictivo al no estar integrado en organizaciones obreras.
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Por las razones citadas, todos los que hemos estudiado la coyuntura finisecular en Cuba acabamos tropezando con el desconocimiento de la sociedad y aportando alguna contribución necesaria para nuestro trabajo. Así se ha ido completando un panorama que, sin embargo, aún es muy deficitario. Precisamente, el interés de los autores de este artículo coincide en el colonato. Uno llegó desde la economía; la otra desde la inmigración y la política socio-poblacional, aspectos en los que hemos seguido profundizando [C. Naranjo (1996 y 1998d); C. Naranjo y A. García González (1998), y A. García González y C. Naranjo (1998)], especialmente en la relación inmigración-higiene racial como elemento configurador de una identidad nacional en formación y transformación y que, por tanto, podía determinarse políticamente, elaborando un proyecto justificado científicamente. La relevancia de esos temas, además, parece clara para la historiografía, pues ha atraído a muchos investigadores recientemente.

A. Helg (1998), sin proseguir explícitamente su polémica con A. de la Fuente, dice que los negros se sumaron masivamente a la insurrección cubana esperando mejoras con su triunfo que luego se frustraron, lo que ayuda a entender la connivencia entre la burguesía insular y el gobierno de los EE.UU. a la hora de establecer un régimen de protectorado que preservase el status quo de eventuales pretensiones revolucionarias. Autores como M. Zeuske (1998b y c) se manifiestan en el mismo sentido, y en sus trabajos sobre Puerto Rico, F. Picó (1997a, 1998b y en prensa) se ala que la otra parte implicada vio las cosas de modo similar. Opina que proteger lo puertorrique o de lo español justificó la intervención norteamericana, pero en la práctica ésta protegió lo español frente a lo negro, considerado inferior, ergo, incapaz de asimilar la cultura y civilización anglosajona. Estudios como los de P. Tornero (1998) y S. Labrador (1997) llevan esa perspectiva hasta sus últimos extremos, entendiendo que la estructura económica y la burguesía esclavista y postesclavista fueron un obstáculo para el desarrollo de la nacionalidad cubana que -cree S. Labrador siguiendo a P. Deschamps (1979)-, es negra antes que blanca. Más ponderada, R.J. Scott (1997a), propone un nuevo punto de vista para este aspecto del debate. Se pregunta cómo fue posible la unidad interracial del movimiento insurgente de la que habla A. Helg (1998) y, sólo doce a os después, una guerra de razas, y estima que explicarlo implica revisar la manera en que hemos construido la historia de los problemas raciales en Cuba, insistiendo, precisamente, en ver lo blanco y lo negro como dos extremos, pues quizás, ni la unidad en 1895-1898, ni el sentimiento anti-negro en 1912 fueron tan intensos.
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La relación entre la ciencia y la formación de la sociedad y de la identidad nacional, donde decíamos coincidían los intereses de varias disciplinas, continua mereciendo la atención de la investigación. Dice M.A. Puig-Samper (1995: 143) que el camino por el que desde hace tiempo avanzan los estudios, tendencia que sigue actualmente, es el de la historia de la peque a ciencia, muy próxima la historia social, alejada de los problemas planteados en los países de los que proceden los grandes descubrimientos, por la ausencia de éstos, exceptuando casos como el hallazgo de la causa de la fiebre amarilla por el cubano C.J. Finlay [ver J. López Sánchez (1987)] o las aportaciones a la neurología de S. Ramón y Cajal en España [ver L. Carandell (1997-1998)]. Aparte de las citadas, entre las obras recientes destacan trabajos de carácter general [ P.M. Pruna (1997)], sobre las grandes polémicas [M.A. Puig-Samper (1998) y A. García González (en prensa- a y b)], la relación entre ciencia, regeneracionismo, construcción nacional o ideología revolucionaria en Cuba y España [R. Huertas y R. Campos (1998), M.T. Cortés (1998) y M.A. Puig-Samper y C. Naranjo (1998)], además de los mencionados antes acerca de la justificación de ciertas posiciones xenófobas y favorables al control de la inmigración. En estos últimos, finalmente, es donde más se aproximan el estudio de la ciencia y de la sociedad, como lo hacen la antropología física y social, de modo que también es posible hablar aquí de investigaciones dedicadas a personalidades como J.E. Varona [C. Naranjo (1998a)] o F. Ortiz [R. Quiza (1998), S. Palmié (1998), F. Moulin-Civil (en prensa) y M.A. Puig-Samper y C. Naranjo (en prensa) y C. Naranjo y M.A. Puig-Samper (en prensa)], junto a otras interesadas por científicos más convencionales, como F. de Albear, R. Baldorioty y E. López Giménez [R. García Blanco (1997) y M.T. Cortés (1998a) y M. y L. López Baralt (1998)]. De los textos referidos, los de M.T. Cortés y M. y L. López Baralt son, además, los únicos que analizan el caso puertorrique o. Esperamos que sean los antecedentes de más investigaciones para un tema que ha interesado poco en la isla.
Una historia social en construcción parcial. Fuentes y perspectivas poco explotadas.

Los estudios cuantitativos sobre la inmigración apenas gozan de espacio en las obras comentadas aquí debido a la exhaustiva labor realizada en fechas precedentes, pero tampoco abundan los referidos a aspectos que requerían más investigación, como el envío de remesas, si exceptuamos un artículo de P. Pascual (en prensa-a); el examen de casos, o las diferencias de renta entre la población local y la que llegó del exterior. Más interés ha despertado el tema de la formación de redes familiares o de paisanaje y el asociacionismo del inmigrante en general. M. Llordén (1996) y J.C. Cabera (1997) analizan el tema y C. Xixirey y J.R. Campos (inédito) preparan actualmente un libro, aunque esos trabajos se refieren únicamente a los asturianos, canarios y gallegos y sólo el segundo se centra exclusivamente en el caso cubano. Más concreto, pero dedicado a un asunto similar, es un artículo de C. González Pérez (1996) acerca de una sociedad de instrucción creada por coru eses en La Habana.

Aparte de los citados anteriormente, las obras comentadas aquí incluyen algunos estudios de carácter genérico sobre la inmigración. R. Grosfoguel (1998) la analiza en relación con la geopolítica, y R. Serra examina la política española al respecto en sus archipiélagos balear y canario. Precisamente el flujo migratorio entre este último y Cuba es el que más cantidad de trabajos ha generado últimamente. Aunque todavía autores como A.P. Sánchez (1996) y M. Hernández (1998 y en prensa) siguen abordando el tema en términos generales, lo que más abunda son perspectivas peculiares, como la selección de fotografías editada por M. de Paz y F. Guerra (1998), cosa que también existe para los españoles en general [ Un último... (1998)], o perspectivas poco exploradas hasta ahora por la investigación, como la dimensión antropológica del problema. En este sentido, los artículos de C.M. Barreto (1997b), M.C. Mateo (1997) y J.C . Rosario y G. Sierra (1997) se preocupan por las tradiciones rituales vinculadas a los procesos sociales, a la medicina popular y a las festividades; los de G. Galbán (1997b), el propio C.M. Barreto (1997a) o M. de Paz (1998), por cuestiones de identidad y adaptación socio-cultural o por la percepción que los isle os tenían de si mismos en Cuba, y los de J.L. Cruz (1997), J.A. Galbán (1997a y c) y M. López Isla (1997) por aspectos menos abstractos como la inserción laboral de los recién llegados, particularmente en el tabaco, que fue uno de los principales sectores de ocupación de los canarios en la mayor de las Antillas, o la vida cotidiana de éstos en localidades como Cabaiguán.

En relación también con la inmigración o los movimientos de población, A. Bahamonde (1998a) y A. Bahamonde y J.G. Cayuela (1998) han seguido analizando la elite española en Cuba; M.D. González-Ripoll (1998c) ha examinado la comunidad cubana en los EE.UU., cuyo estudio clásico es quizás el de J. Rivero Mu iz (1958), específicamente los intentos de los cónsules de España por neutralizar su apoyo a los insurrectos durante la Guerra de 1895-1898, y M.C. Barcia (1997a) el caso de los rebeldes de las colonias deportados a Africa y la solidez y mantenimiento de las relaciones que iniciaron allí. Finalmente, algunos autores se han preocupado por el desarrollo de la población en general [F. González (1998)] y por el efecto devastador que en ella tuvo la Guerra de Independencia [A. Marchena (1998), P. Tornero (1998b) y F. Iglesias (1997)], aunque sin aportar muchas novedades respecto a lo se alado por J. Pérez de la Riva (1975).

Trabajos como los anteriores suponen pequeñas aportaciones parciales y muy desarticuladas para el conocimiento de la sociedad cubana finisecular, pues -como decimos- falta un estudio que la abarque en su conjunto. M.C. Barcia (1996b, 1997b y 1998a) se ha aproximado al tema y lo resuelve de nuevo lamentando las carencias e intentando un acercamiento desde el examen de sus manifestaciones culturales. Más ambicioso es el libro de la anterior y otras autoras, M.C. Barcia et al. (1998) [ver, además, una síntesis en G. García Rodríguez et al. (1997)], aunque en él se abordan también sólo algunos aspectos del problema. De momento, por tanto, debemos conformarnos con lo que hay y formarnos una idea a través de esas aportaciones parciales, que al menos han mejorado lo que sabemos de lo que L.M. García Mora (1998a) llama la transición de una sociedad de castas a una sociedad de clases, de los inmigrantes, la población negra, los colonos y de algunos otros temas, unos cuantos bastante descuidados hasta ahora, como la mujer, que A. Cairo (1997a), N. Agosto (1998), J.L. González (1998), I. Guerrero (1998), B. Pastor (1998) y R. Vinat (1998) estudian desde diversas perspectivas; o determinados colectivos llegados a la isla, verbigracia, la comunidad hebrea o los chinos, analizados por J. Guache (1997b) y M. Bejarano (1996).

El estudio del movimiento obrero ha seguido despertando el interés de autores como G. García Rodríguez (1998), J. Casanovas (1997 y 1998a y b) o C. del Toro (1997). Los dos primeros analizan los trabajadores y artesanos urbanos y creen que su importancia socio-política aumentó progresivamente tras los cambios que supuso la paz del Zanjón y la abolición, y se materializó en la creación de muchas asociaciones, en las que, de acuerdo con el segundo, el anarquismo reemplazó al reformismo como principal corriente ideológica. Normalmente esto se había justificado por la fuerte presencia de inmigrantes, sobre todo españoles [ver O. Cabrera (1993 y en prensa)], tesis de la que disiente, esgrimiendo que eso fue así porque aquél ofreció soluciones adecuadas para sus problemas. Finalmente, entiende que aunque los cambios políticos de la década de 1890 redujeron su importancia, dicho sector se sumó al proyecto martiano y fue determinante en la transformación de la sociedad. Los trabajos sobre el colonato y la inmigración selectiva como alternativa también frente a la proletarización laboral, y sobre la preservación del status quo como explicación para la ocupación norteamericana confirman esas tesis.

La complejidad de una sociedad en formación y transformación al mismo tiempo es sin duda la causa por la que nadie se ha atrevido a analizarla globalmente. La guerra, además, agravó las cosas con su efecto movilizador -que A. Helg (1998) y M. Zeuske (1898b y c y en prensa) explicaban para el caso de los negros- y militarizador, aumentando la presencia de soldados cuya vida, por ejemplo, estudian B. Frieyro (1996), C. Alonso (1996), L. Carandell (1997-1998c) y Y. Díaz (1998c). A esos problemas se unieron las consecuencias de determinadas políticas de represión, exilio y reconcentración, que han merecido la atención de M.C. Barcia (1997a), M.C. Barcia y M. Hernández (1996) y F. Pérez Guzmán (1997b, 1998b y c), y del bloqueo norteamericano, cuya secuela en la vida cotidiana habanera también examina M.C. Barcia (1998a). 34 En relación con esto, las acciones bélicas y el ejército han seguido generando trabajos, pero por desconocimiento técnico, salvo en lo referente a los aspectos anteriores, que transcienden de lo meramente marcial, nos limitamos a enumerarlos.
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Dentro de lo que cabe conocemos mejor la sociedad urbana que la rural, exceptuando la vinculada a la producción de azúcar y tabaco. I. Balboa (1998b y c) intenta resolver esa carencia analizando las protestas campesinas, contraparte de la lucha obrera en las ciudades, aunque con problemas y métodos distintos. Paradójicamente, además, aunque esto está bien estudiado en otros países, aún en situaciones de escasez de brazos y fuerte inmigración como la cubana, sobre todo en momentos de alteración del orden, guerra, vacío de poder o débil control estatal, al menos en ciertas zonas, proliferó el bandolerismo -que también preocupa a I. Balboa (1998a)- aún entre los inmigrantes, lo que en el Caribe tuvo antecedentes en fenómenos como el de los cimarrones durante la esclavitud, tema que cuenta con la obra clásica de M. Barnet (1966), sobre la que reflexiona M. Zeuske (1998b) a la luz de la documentación disponible para la guerra de 1895-1898. Esos trabajos entroncan con una larga tradición de estudios antropológicos en Cuba, iniciada por F. Ortiz (1916, 1975 y 1987a y b) y L. Cabrera (1970 y 1993), cuyas aportaciones más relevantes examinan la cultura y mentalidad de los negros -esclavos y liberados- y las sociedades secreta á iga o abakuá. En las obras comentadas aquí, autores como R. Quiza (1998), M.A. Puig-Samper y C. Naranjo (en prensa) y F. Moulin-Civil (en prensa) prosiguen esa tradición indagando en el pensamiento del primero. 36

Autores como L. Cabrera (1992) o P. Hulme (1997), que reflexiona sobre la etnología indígena puertorrique a, tema que también ha interesado a M. Ballesteros (1996) y a A. Esteban y A. Moreno (1998) -a estos últimos para el caso cubano-, están a medio camino entre la antropología y la literatura, que la historiografía aún ha explotado poco como fuente, a pesar de que hay quien sitúa el origen de la moderna literatura hispanoamericana en R. Darío y J. Martí [L. Sáinz (1998)]. No obstante, las obras comentadas aquí reúnen buenos trabajos sobre el tema. 37Igual se puede decir del cine, la fotografía, la música, el arte o el urbanismo, que por razones de espacio en estas páginas sólo rese amos, 38y de otras aportaciones más o menos atrevidas en sus propuestas metodológicas y fuentes, algunas de las cuales son objeto de controversia desde hace tiempo. Entre ellas debemos citar la historia oral, otrora frecuentada por muchos investigadores, pero bastante ajena al debate actual; el análisis de la religiosidad en sí misma y como manifestación simbólico-cultural, que sí ha merecido alguna atención en dichas obras, o la opinión pública y la prensa, que tradicionalmente han despertado mucho interés y mantienen su atractivo. Por ejemplo, aunque se discute en qué grado, nadie duda de su papel determinante en la intervención de los EE.UU. en la guerra de Cuba. Para España, R. Sevilla (1996 y 1998a, b y c) ha mostrado de nuevo en trabajos recientes las limitaciones que tiene la segunda para conocer la primera. Dice que incluso en un momento en que se estaban convirtiendo en vehículo de expresión de la burguesía y había libertad para expresar en ellos diversas ideas, los diarios sevillanos no fueron transmisores del sentir popular ante el conflicto colonial, más preocupado por la sangría humana que por la humillación nacional, incluso denunciaron su pasividad. 39

Ruptura y continuidad. Transformaciones políticas y relaciones sociales e intelectuales.

De lo dicho hasta ahora se deduce que entre los trabajos comentados aquí pocos estudian la sociedad finisecular en Puerto Rico. Los autores se han concentrado en los problemas políticos, aunque como veremos más adelante, al abordarlos examinan marginalmente aquélla. Buen ejemplo de ello es un artículo de A. Cubano (1998c) que indaga en los vínculos sociedad-identidad nacional en sí mismos y en comparación con el caso de la Gran Antilla. Para terminar con la historia social, pues, sólo queda hacer referencia a las relaciones entre españoles y cubanos y puertorrique os tras el 98, que han seguido generando muchas obras y nuevas polémicas. Autores como A.M. Fernández (1998b y c), I. Balboa (en prensa) y uno de nosotros, A. García Álvarez y C. Naranjo (1998a y b) perseveramos en la idea de que la inmigración y la tradición hispana, reforzada por la intervención estadounidense, permitieron un rápido restablecimiento de dichas relaciones y el retorno de la convivencia. Frente a ello, E. Hernández Sandoica (1998b) se ala que insistir en el continuismo ha impedido ver los elementos de ruptura. Empero, a lo que ésta se refiere luego para avalar su tesis es a las trasformaciones políticas, y en su libro, A. Elorza y E. Hernández Sandoica (1998: 17), se manifiesta de acuerdo con los anteriores. Además de esas consideraciones de carácter general, varios artículos abordan temas más específicos, como la visión de España en las islas [A. Cubano (1997b) y C. Naranjo (1998e)]; la actitud de J. Martí ante los españoles explicada por la presencia de éstos en las filas mambisas [J.A. Blanco (1996)]; los vínculos de Cuba con algunas regiones españolas, secuela de un aspecto objeto de abundantes trabajos a os atrás por razones explicadas en páginas precedentes, o la Cámara Española de Comercio, analizada por M.A. Marqués (1998a) que, en la línea de las investigaciones de A. Bahamonde y J. Cayuela (1992) para el siglo XIX y de A. García Álvarez (1990) para el XX, prueba que la posición de los integrantes de tal institución frente a distintas coyunturas y situaciones en esa última centuria da fe de su integración en la realidad insular postindependentista, pero no fue óbice para que preservasen fuertes lazos con España por motivos tanto mercantiles como de identidad. 40Independientemete de la situación en que quedaron los peninsulares en Puerto Rico tras el 98, que además varía en función de las diferencias entre ellos, 41 A. Cubano (1997b: 637) cree que la elite insular rechazó la España de las oligarquías y privilegios al tiempo que defendió su origen hispano frente a lo negro y lo norteamericano y justificó la invasión de los EE.UU. como un hecho impuesto por la razón. En esto coincide con los postulados tradicionales de la historia de las ideas a ambos lados del Atlántico, aunque el rechazo de lo negro (o lo indio en otras partes) no siempre está presente.

Muchos trabajos recientes abundan en el tema. Verbigracia, J.L. Abellán (1998) vuelve a insistir en la obra de J.E. Rodó (1900) como símbolo de la construcción de una nueva identidad en los países latinoamericanos, cuyo sentido se encontraba en la defensa de los valores culturales hispanos frente a los materiales anglosajones y debía permitir combinar lo mejor de ambos mundos.


De la misma forma se expresan J.M. Jover (1997), M. Belrose (1998) o A. Díaz Qui ones (1998), quien ve el pensamiento de M. Menéndez Pelayo el origen de esa nueva concepción de lo español. Resaltando la vigencia actual del problema, R.D. Molinary (1996a) y L. Agrait (en prensa) hablan de Puerto Rico, en ese sentido, como frontera cultural y, de modo más tajante, incluso en ciertos aspectos opuesto a los anteriores, pero con el mismo problema de fondo, F. Puell (1997) cree que el grito de Baire (inicio de la guerra de independencia cubana) supuso la frustración de una vocación europeísta.


Otros lugares, los mismos hechos. El 98 en América como acontecimiento internacional.

La construcción política e intelectual de la identidad y de la nacionalidad.

El problema de la construcción nacional sigue siendo pieza clave en la articulación del debate historiográfico en torno al 98 en Puerto Rico y Cuba, aunque quizás con menos preeminencia que en a os anteriores. Al hablar de la inmigración, la desigualdad social, las relaciones entre españoles y cubanos y puertorrique os, la historia de la ideas y el antagonismo hispano-anglosajón adelantamos cuestiones vinculadas con ella. Los estudios más específicos continúan abordando el tema desde una doble perspectiva, intelectual y político-institucional y, dentro de la primera, con una óptica general o centrada en obras concretas. Llama la atención, especialmente en los más generales, la prioridad que conceden a ese último antagonismo y a la oposición criollo-metropolitano en detrimento de la dialéctica negro-blanco (los tres elementos dicotómicos que definían los fundamentos de la nacionalidad), debido sin duda a que éste dispone de un menor acervo erudito-literario para analizarlo y es examinado esencialmente desde el punto de vista socio-antropológico. En ese sentido, los trabajos de A. Gaztambide (1997), L.A. Pérez (1997), A. Cubano (1998c) o M. Flores (1998) analizan desde distintos ángulos la invención y definición de las identidades nacionales caribe as; T. Mu oz (1998), la forja de la cubanidad en el pensamiento español; J. Santana (1997), las ideas en mayor de las Antillas tras la independencia; A. Cairo (1997b), P. Guadarrama (1998) y L.M. García Mora y C. Naranjo (1998), la intelectualidad criolla ante la cuestión nacional en las décadas finales del dominio colonial en esta última y L.M. González (1996 y en prensa) en Puerto Rico.

Aunque en la misma línea que la de los autores mencionados en el párrafo precedente, más precisa es la preocupación de E. Hernández Sandoica (1997b), que estudia la incidencia que la política metropolitana tuvo en el origen y desarrollo de los nacionalismos antillanos, y la de J. Guanche (1997a), quien examina los aspectos étnico-demográficos de la cubanidad. Mucho más genérico, por el contrario, es el interés de E. Torres Cuevas (1997), que sigue indagando en los fundamentos teóricos de ésta última, así como el de J. Ibarra (1997), el historiador cubano que conserva en estado más puro la tradición marxista, el cual explica la nacionalidad como crisol de los citados elementos dicotómicos y, refiriéndose a las herencias española y estadounidense, sostiene en su último estudio, y matizando lo afirmado en otras ocasiones con respecto a la influencia de la colectividad hispana (a la que calificaba como valladar para la consolidación de la nacionalidad cubana), que mientras esta última es parte consustancial de la identidad popular, la norteamericana sólo fue absorbida parcialmente y en sus aspectos más relacionados con la vida material.

Algunos estudios en los que se está trabajando actualmente analizan las identidades nacionales de múltiples formas con el fin de esclarecer los factores que se solapan y transcurren en distintas esferas de la sociedad civil y las instituciones públicas y oficiales. Dichos trabajos contribuirán próximamente a enriquecer el debate sobre los elementos de continuidad y ruptura en la coyuntura finisecular, aportando nuevas claves interpretativas acerca de la constitución de la nacionalidad y el imaginario de los pueblos como resultado de la dialéctica de diversos elementos contrapuestos y mestizos. Ejemplos de estos estudios son los artículos de uno de nosotros, C. Naranjo (1998b), de S. Álvarez Curbelo (1998), M. Rodríguez Castro (1998) o M. Valdés (1998), y muchas de las ponencias presentadas al referido congreso celebrado en Puerto Rico en el verano de 1998 y que verán la luz próximamente en un libro de actas.
Los libros editados en los últimos meses reúnen también nuevos trabajos sobre el Antillanismo; sobre sus perfiles histórico-ideológicos y su definición concreta en obras como la de L. Pales Matos [R. Cassá (1998) y T. Barrera (1998a)].

Y si hablamos de autores concretos, J. Martí y E.M. Hostos siguen siendo los que más interés despiertan en la investigación, junto con S. Brau, E. Roig, J. Marinello, R.E. Betances, C.M. de Céspedes, P. Albizu, R.M. de Labra, F. Ortiz, J.E. Varona, L. Mu oz Rivera y J. De Diego. Quizás es en J.E. Varona donde mejor se aprecia la dicotomía reforma-revolución que caracterizó el pensamiento cubano en las primeras décadas del siglo XX [ver C. Naranjo (1998a)]. De la literatura y política de L. Mu oz Rivera y J. De Diego (actividades que combinaron), W. Binder (1998) opina que fueron reflejo de la situación en que quedó Puerto Rico tras 1898; en especial, del antagonismo español-norteamericano. Ambos -dice- mantuvieron posiciones independentistas, pero en el uno prevaleció la resignación y en el otro un hispanismo belicoso, excluyente de los componentes culturales africanos y contrario a las reformas socio-laborales, exclusiones ambas que hemos analizado desde distintas ópticas como elementos básicos de los proyectos políticos de las elites insulares postcoloniales, radicalmente opuestos a la democracia de base popular en que creyó J. Martí y también E.M. Hostos.
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La contradicción entre los conceptos de identidad y nacionalidad en E.M. Hostos o J. Martí y en proyectos de una parte de las elites cubanas y puertorrique as y de ciertos intereses extranjeros, como los norteamericanos en el Caribe, es lo que diferencia más el componente intelectual del político-institucional de ambos conceptos. De tal contradicción se hacen eco D. Sommer (1997), C. Fuell (en prensa) o M.D. González-Ripoll (1997, 1997-1998, 1998d y en prensa) para el primero, al que esta última se refiere con términos como las trampas de la utopía, y A. Díaz Qui ones (1997), S. López y M.C. Marial (1997), D. Ramos (1997), C. Vitier (1997), R. Rojas (1997-1998a), A. Anderle (1998), P. Estrade (1998) [edición revisada de su libro publicado en 1987], M. Iglesias (1998) o J. González (en prensa) para el segundo. Todos ellos se preocupan por la modernidad y/o el valor simbólico-mitológico del pensamiento martiano en oposición, pero también como complemento de sus planteamientos y acción política, a lo que prestan más atención R. de Armas y P.P. Rodríguez (1996) o I. Sepúlveda (1996). Incluso hay análisis como el de J. Opatrný (1998b), que descubren premoniciones más o menos fundadas en dicho pensamiento; concretamente en su crítica a las posiciones defendidas sobre Cuba en el Congreso Panamericano por J.G. Blaine, Secretario de Estado de los EE.UU., contra las cuales esgrimió que la influencia económica de ese país en la isla durante la segunda mitad del siglo XIX podría acabar convirtiéndose en influencia política. Finalmente, más específicas son las investigaciones de M. Mourelle (1996) o A. Oliveros (1996) acerca de Hostos y Puerto Rico vistos desde España o en torno al marco cultural y educativo en la trayectoria vital de este último, y de A. Esteban y A. Moreno (1997) e I. Guerrero (1998) sobre J. Martí, la raza indígena y la mujer respectivamente.

Antes de analizar la historiografía político-institucional en relación con el tema de la construcción nacional debemos referirnos a dos últimos aspectos asociados con el problema de la identidad. Uno de ellos, la cuestión de la lengua, por razones obvias, preocupa sobre todo en el caso puertorrique o, aunque autores como A.M. González y J.J. Fernández (1998) la examinen en el cubano vinculando la formación de la modalidad cubana del español con el proceso histórico de constitución de la nacionalidad. Casi todos los textos de una de las compilaciones comentadas aquí [ Puerto Rico... (1996)] estudian aquél primer caso; M. Criado (1996) y V. García (1996) desde una perspectiva panorámica; G. Tribin (1996) y E. Burgos (en prensa) insistiendo en la citada conexión idioma-defensa de la identidad, y E. Suárez-Galbán (1996), I. Mansilla (1996), T. Calvo (1996) y E. Barnach-Calvo (1996) ocupándose de asuntos concretos como la polémica en torno a la poesía puertorrique a en inglés, el intercambio lingüístico-cultural entre la isla y España, el habla como sangre común de los hispanos que viven en los EE.UU., o la dimensión educativa del problema.

El segundo aspecto al que nos referíamos en el párrafo anterior es la historia de la educación, que en las obras objeto de este estudio ha recibido más atención para el caso cubano que para el puertorrique o. En los dos, no obstante, es un tema poco investigado, tanto en términos generales, como en su relación específica con la formación y desarrollo de la identidad nacional y los proyectos de aculturación que los gobiernos de ocupación norteamericanos ensayaron en ambas islas, asunto este último que acapara la atención de los trabajos más recientes, como sucedía con el tema de la lengua.
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Igual que dijimos en el capítulo anterior, entre los trabajos recientes de historia política e institucional y por razones obvias, unos examinan los últimos a os de la colonia y otros el inicio del período independiente. Aquéllos abundan más que éstos, pero ambos se caracterizan por su buena factura teórico-metodológica. Las investigaciones con una perspectiva más amplia han seguido profundizando en tesis desarrolladas a os atrás, como las causas por las que Cuba y Puerto Rico permanecieron fieles a España tras la emancipación del resto de su imperio americano, cuestión que analiza A.J. Kuethe (1998); la configuración del Estado colonial, que ha continuado preocupando a J.M. Fradera (1997), J.G. Cayuela (1998a) y E. Hernández Sandoica (1998c), o las razones de la crisis de posesión en ella, en las que profundiza J.J. Figarola (1996).

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Artículos más específicos que los anteriores, como los de A. Sánchez Andrés (1996a y b y 1998c), M. Rodrigo (1997), M.C. Barcia (1998b), J.A. Piqueras (1998e), J. Maestre (1998b), P. Muñoz (1997-1998), O. Zanetti (1998a) o A. Bahamonde (1998a) dedicados a Cuba, y los Ch. Schmidt-Nowara (1997), M.A. Castro (1997b) y M.D. Luque (1997a) para Puerto Rico, aunque también profundizan en tesis desarrolladas a os atrás, ofrecen más novedades. Los cuatro primeros examinan los condicionantes de la política española usando metodologías relativamente recientes, sobre todo en su aplicación a la historia cubana, como la conexión sociedad civil-política, el proceso de toma de decisiones o la acción de determinados grupos de presión.

El propio A. Sánchez Andrés y J. Maestre estudian el Estado colonial desde una perspectiva jurídica; 45 a P. Mu oz le preocupa el caso concreto del Capitán General C. García de Polavieja, y a A. Bahamonde y a O. Zanetti la relación economía-política, no obstante, igual que los autores precedentes, insisten en la importancia que en ella tuvo la interacción de distintos intereses que, por ejemplo, en opinión del segundo, impidieron resolver los problemas que la isla tuvo que enfrentar a finales del siglo XIX para mantener y mejorar la posición de sus productores en el mercado mundial.

En concreto, O. Zanetti (1998a) intenta explicar la miopía política de A. Cánovas, que -dice- evitó una reforma profunda que quizás habría permitido un desenlace menos cruento que la Guerra de 1895-1898. La tardanza en aplicar esa reforma y lo inadecuado de las medidas arbitradas en su ausencia para paliar las dolencias del régimen colonial se estudian en trabajos como el de M. de la Torre (1997a y 1998b) sobre los derechos políticos y el problema electoral. Abunda, asimismo, la historiografía que aborda el tema desde el otro lado, el metropolitano, que ya dijimos sólo comentaríamos aquí en su dimensión ultramarina. En ese sentido hay que rese ar aportaciones interesantes de carácter general, como la de A.M. Fernández (1997b), y contribuciones más específicas como las de J. Maestre (1998a) acerca de la vinculación de los dos 98 (guerra de Cuba y desastre nacional); L. Fernández (1998) y P. Pascual (1996) a propósito de la cuestión colonial (las reformas y la guerra) en el Parlamento; P.C. González (1998), C.E. Lida (1998) y S. Hilton (1998a) en torno a la referida posición de ciertos intereses como las derechas, los anticolonialistas o los federalistas, y los artículos de J. Companys (1996), R. Sevilla (1998b), S. Hilton (1998b) y J. Pando (1996) sobre los intentos de paz previos a 1898, la visión de los EE.UU. en España y las conversaciones entre ambos países en relación con la mayor de las Antillas durante su primera guerra de independencia (1868-1870), cuyo estallido, finalmente, examina J.J. Moreno (1997-1998).

La configuración del régimen colonial puertorrique o, su reforma a finales del siglo XIX y su status político tras el cambio de soberanía, como apuntamos en páginas precedentes, han acaparado prácticamente toda la atención de la historiografía reciente. De hecho, buena parte de los citados trabajos generales sobre el 98, como los de S. Álvarez Curbelo (1997), L. Agrait (1998a) o A. Cubano (1998b), abordaban el problema desde esa óptica. En concreto, es sugerente el modo en que Ch. Schmidt-Nowara (1997 y 1998) plantea la interacción de los elementos que definieron un sistema de dominio político que, por un lado, fue más convencional y menos conflictivo que el cubano y, por otro, precisó reformas que no se aplicaron ni siquiera como estaba previsto y, además, combinadas con demostraciones de fuerza contra aquéllos que, aunque sin excesivo peligro, cuestionaron el status quo o demandaron cambios en el mismo. Ni este autor ni los otros que han examinado el tema han llegado a conclusiones claras debido a la ambigüedad que el 98 tuvo en Puerto Rico en todos los sentidos. Ya dijimos que la isla jugó un papel secundario en el imperio ultramarino español, que su historia estuvo muy determinada por la de Cuba, que se levantó contra la metrópoli en 1895 cuando lo hizo esta última, pero la rebelión fue rápidamente sofocada, y que después, cuando la invadieron los EE.UU., apenas se opuso resistencia militar [" A qué pelear si los de Madrid no nos quieren?", titula M.D. Castro (1997b) uno de sus artículos en las obras comentadas aquí].

La ambigüedad del 98 puertorrique o se debe a la combinación de varios factores coadyuvantes de naturaleza contradictoria y explica en sí misma porqué casi todos los estudios abordan el tema desde una perspectiva global articulada en trono al análisis político. Por un lado, los lazos mercantiles con España estaban asegurados por la exportación allí o a Cuba del principal producto local, el café; por otro, a finales del siglo XIX se redujo el precio de éste provocando una merma de los beneficios de los cafeicultores que coincidió, por esa y otras razones, con una caída del poder adquisitivo de las clases medias y populares y con un crecimiento de la industria azucarera, cuyo mercado estaba en los EE.UU. Además, y lo mismo que en la Gran Antilla, cuestiones raciales desalentaron la causa independentista que, aunque existente y bien estudiada, no logró una movilización social suficiente para poner en peligro el régimen colonial, a pesar de casi todos los autores están de acuerdo en que su reforma, también como en el caso cubano, no bastó para resolver los referidos problemas socio-económicos que padecía la isla. Según M.D. Luque (1997a), todos esos motivos explican que, por ejemplo, el ejército norteamericano fuese recibido con júbilo por un pueblo que poco antes había hecho lo propio con una infanta española. Dicha ambigüedad, finalmente, no se redujo, sino que aumentó después de 1898 debido a la referida indefinición del status del país dentro de los EE.UU. que además, según mostraba F. Picó (1997a), reforzó el carácter elitista y excluyente del sistema político.

Específicamente, el asunto político que más atención ha recibido de la historiografía sobre el 98 en Puerto Rico es el tema de la autonomía (aunque como en casos anteriores, también se articula desde su óptica el estudio de aspectos socio-económicos), íntimamente relacionado con el de la reforma del Estado colonial, pues el autogobierno hubiese podido amortiguar algunos de sus problemas -al menos así lo creyeron sus defensores- como la conflictividad criollo-peninsular o las dificultades de acceso de los productos locales al mercado norteamericano, pero cuando finalmente se estableció fue demasiado tarde para ofrecer resultados. Muchos trabajos analizan el tema, aunque con enfoques distintos y resultados muy diferentes, y buena parte de ellos están reunidos en la compilación de J.E. Hernández, ed. (1998), bien desde una perspectiva general, como A. Cubano (1997-1998), M.T. Cortés (1998b), o el propio J.E. Hernández (1998b); bien atendiendo a asuntos más concretos, como los factores precipitantes de la Carta Autonómica; su génesis y práxis, los debates y conflictos entre los autonomistas [H.R. Feliciano (1998), E. Burgos (1997) y A. Cubano (1997c y 1998a)], su gestión al frente del gobierno [R.A. Torrech (1997 y 1998) y J.E. Hernández (1998a)] o el efecto de este último en lugares como la ciudad de San Germán [L. Torres (1998)]. En algunos de los estudios citados, como el de E. Burgos (1997), el autonomismo puertorriqueño es presentado como la forma de gobierno más idónea alcanzada bajo el dominio colonial español; fórmula que se legitima todavía más al contraponerse con la situación creada bajo el gobierno interventor norteamericano.

Para el caso del autonomismo en Cuba, aunque allí tuvo más peso el movimiento independentista, autores como M. de la Torre (1997c y 1998a), M. Bizcarrondo (1998) o L.M. García Mora (1998b y en prensa) han estudiado distintos aspectos del problema, aunque desde ángulos muy distintos. En el caso de las investigaciones realizadas en Cuba, el tema se ha analizado sin tener en cuenta las últimas aportaciones historiográficas, entendiendolo como un freno al independentismo, carente de otras propuestas. L.M. García Mora, por contra, aplica a su análisis los avances más recientes de la teoría política y se preocupa por aspectos como la razón de sus presupuestos programáticos o de su desempe o práctico en el contexto de la sociedad insular o como la procedencia y capacidad económica de sus miembros, intentando, en definitiva, conocer su representatividad. Tanto él como M. de la Torre, empero, coinciden en un asunto básico: la necesidad de saber más sobre un fenómeno que representó una alternativa hacia la independencia, más o menos sólida, pero sin duda menos cruenta que la guerra, y cuyos estudios clásicos son muy antiguos [ver R. Cabrera (1931) o R. Montoro (1951)]. Por ejemplo, todos los que han examinado el tema están de acuerdo en que un factor desencadenante de ésta fue el hecho de que el Partido Liberal Autonomista decidiese no presentarse a las elecciones de 1891.

Además del autonomismo, los otros movimientos políticos coloniales han seguido atrayendo el interés de los autores, en un sentido general, como en los trabajos de M.C. Barcia y M. Hernández (1996) y P.P. Rodríguez y R. de Armas (1996) sobre Cuba, o específico, concentrado especialmente en el análisis del anexionismo y el independentismo en esta última [J. Opatrny (1998a) y L.A. Pérez (1997)] y en Puerto Rico [ G.L. García (1997a) y J.R. Navarro (en prensa)]. La historia político-institucional postcolonial parece que ha despertado menos interés, pero sólo parece, pues en realidad ello se debe a la ausencia de investigadores foráneos, sobre todo españoles, cuya preocupación por las antiguas dependencias de su país desaparece cuando dejaron de serlo, salvo excepciones entre las que, modestamente, nos incluimos los firmantes de este artículo. Sin duda tal carencia es una de las que convendría resolver en el futuro y seguramente es a ella a lo que se refería E. Hernández Sandoica (1998b) al se alar que insistir en los factores de continuidad en la relación entre españoles y cubanos y puertorrique os impedía indagar en los de ruptura.

La escasez de investigadores españoles interesados en el período postcolonial provoca, entre otras cosas, una descompensación en el debate, carente en este caso de aportaciones que si gozan otros temas. Hecha esa salvedad, que por supuesto no es un problema actual, sino secular, debemos decir que la más reciente historia política aplicada a los primeros a os de dicho período ha seguido profundizando en algunos asuntos se alados en el apartado anterior, como la revolución confiscada, la incierta victoria cubana o la transición de colonia a neocolonia, objetos de análisis de R. Serge (1998), L. Navarro (1998a), H. Pérez Concepción (1997) o A. García Álvarez (1998d), pero también explorando otros asuntos menos conocidos como la cultura política o los partidos. 46

En general, se puede decir que el problema de la construcción de nuevos espacios políticos en Puerto Rico y Cuba en la coyuntura finisecular, además de análisis institucionales, ha generado reflexiones de diversa índole que intentan explicar la especial relación que tanto los EE.UU. como la ex-metrópoli mantuvieron a partir de 1898 con ambas islas y su evolución en el tiempo, tema normalmente vinculado a la dialéctica atraso-modernidad [ver O. Zanetti (1998d)], que se superpone a la controversia dependencia-independencia. Así, C. Almodóvar (1993) explicaba que la percepción historiográfica de la participación norteamericana en la lucha cubana por la emancipación ha variado a lo largo de los a os, transitando de posiciones relativamente aquiescentes a posturas que la concibieron como un obstáculo, representadas en la obra de E. Roig (1961) y alentadas por la causa revolucionaria a partir de 1959. Lo mismo cabe decir del papel jugado por España en la historia insular, cuya valoración se ha modificado tanto gracias a las aportaciones científicas de los estudiosos del tema, como a los muchos acontecimientos que desde mediados de la década de 1980 han propiciado un acercamiento entre ambos países, y que en lo referente a la historiografía tuvo sus primeras materializaciones en las compilaciones de F. Solano y A. Gimerá, coords. (1990) y de Estudios de Historia Social (1988 y 1989). El caso de Puerto Rico es más complejo si cabe. Trabajos como el de R. Barreto (1997) son una muestra de los muchos interrogantes que plantea. El autor se pregunta por qué los EE.UU. le negaron el autogobierno y, al igual que tantos otros que han examinado el asunto, en sus explicaciones no halla respuesta. Dice que las conclusiones obtenidas al analizar la cuestión están polarizadas entre los que tratan de exculpar a ese país de responsabilidad aludiendo a la falta de preparación de la isla para la independencia, y los que creen que fue una acción deliberada y cuidadosamente decidida como alternativa más conveniente a los intereses norteamericanos. En las obras comentadas aquí, artículos como los de A. Sagardia (1998) o M.R. Urrutia (1998), que examinan las leyes (Actas Foraker y Jones) que dieron origen al especial status político puertorrique o abundan en tales controversias.

Otros temas. La historia económica de siempre y el lento avance hacia una perspectiva más integradora.

Son muchos los asuntos que por falta de espacio han quedado sin tratar, bien por la dificultad de integrarlos en la estructura con que hemos ordenado en el texto, bien por tratarse de aspectos en que todavía ha abundado poco la historiografía. Algunas cosas, no obstante, si nos parece necesario decir sobre ambos. Por ejemplo, merece la pena destacar que a pesar de la concentración temática de las investigaciones dedicadas al Puerto Rico finisecular de la que hablamos anteriormente, autores como R.N. Velasco (1998) o C. Orozco (1998) nos han regalado análisis acerca de problemas mucho más específicos, pero igualmente interesantes, como la construcción legal de la familia y la beneficencia municipal en Guayama. También hay que mencionar una tendencia creciente en los últimos a os a realizar estudios regionales y locales y de historia comparativa, costumbre antigua y que se ha mantenido entre los historiadores económicos, 47 pero que recientemente se ha extendido a los de la sociedad y la política. Ejemplos de esto son la compilación de S. Álvarez Curbelo et al., ed. (1998) para Puerto Rico o los trabajos de M. Zeuske (1998c y en prensa) para Cuba. Sin duda, como ha ocurrido en otros países, examinar las cosas desde esas dimensiones aportará en el futuro nuevas respuestas a ciertos problemas y perspectivas hasta ahora desconocidas.

Igual que en el apartado anterior, acabamos nuestro análisis hablando de la economía que ha sido, junto con la política, la que más interés ha despertado en las obras comentadas aquí, y eso que casi todos los trabajos se refieren al caso cubano, exceptuando alguno que abarca también el puertorrique o, como la bibliografía azucarera de F. Moscoso (1998) o nuestro estudio del ferrocarril, A. Santamaría (1998d y e). Aparte de estos, unos pocos artículos específicos abundan en tesis desarrolladas a os atrás, como el de J.A. Giusti (1998) acerca del grupo español en la banca y la industria azucarera, o inician la explotación de nuevos problemas, como el de B. Rivera (1998) sobre el puerto de San Juan; el de M. Cintrón (1998) en relación con los comerciantes a escala local, concretamente en la ciudad de Guayama; el de M. García Pedraza (en prensa), que examina los fraudes en las aduanas, y los de M.D. Luque (1998 y en prensa),
que indagan en las inversiones extranjeras y en el 98 en el imaginario empresarial criollo. Precisamente, la temática de este último, que aborda la economía en relación con otros asuntos, lo mismo que la del texto de A. Cubano (1997a) dedicado a la interacción comercio-moneda-política, explican la escasez reciente de trabajos de historia económica, pues como ya dijimos, se ha producido una concentración de los intereses de muchos autores en torno a la historia política como articuladora del debate sobre la coyuntura finisecular puertorrique a, a partir de la cual analizan más o menos marginalmente otras cuestiones referentes a la sociedad o a la economía.

Lo primero que hay que mencionar es que recientemente la historia económica de Cuba ha empezado a ocupar el lugar que por su importancia le corresponde dentro de los principales estudios conjuntos sobre el tema en América Latina, espacio del que habitualmente había estado ausente. No es éste lugar para explicar todas las razones de dicha ausencia, pero si, brevemente, las que tienen que ver con el 98 en ese sentido amplio con que se entiende en este trabajo.

Debido a su especialización en la elaboración de azúcar, resultado de la forma en que aprovecho su ventaja comparativa y de su especial vinculación con el mercado norteamericano, la economía insular se caracterizó por un crecimiento y desarrollo similar al de los países más avanzados de la región (nivel de PIB per capita, tasas de mortalidad o urbanización) asentados sobre características estructurales parecidas a las de los más atrasados (dependencia de un sólo producto y de la importación de alimentos o concentración geográfica de su comercio), paradoja que se intenta aclarar en uno de esos estudios. No comentaremos aquí, sin embargo, la calidad de tales aportaciones, pues su autoría corresponde a uno de nosotros. 48

Aunque lentamente, los estudios recientes de historia económica de Cuba son probablemente los que más han avanzado en la resolución de las carencias que presentaba el conocimiento del tema tan sólo unos años atrás. Decíamos que era preciso un esfuerzo de reconstrucción y estimación de grandes agregados que nos permitiesen hablar con mayor precisión de cosas como las causas y efectos económicos de la independencia, prestar más atención a las actividades menos vinculadas con el sector externo, incluso a la evolución de este último en las décadas finales del siglo XIX. En todos esos aspectos se ha producido algún avance, aunque todavía no ha dado tiempo para que los trabajos de síntesis se hagan eco de tales esfuerzos, algunos de los cuales todavía están en prensa o en fase de realización. Dichas síntesis recientes, pues, lo que han incorporado de momento son las novedades de la investigación en fechas precedentes. Aparte de la escrita por uno de nosotros y citada anteriormente, A. Santamaría (1998a), y de un análisis historiográfico todavía no publicado y en el que desarrollamos con más detalle los problemas esbozados en este artículo [A. Santamaría (en prensa)], en las compilaciones comentadas aquí hay artículos de este tipo de F. Iglesias (1996) para las últimas décadas del siglo XIX, de M.C. García Bernal (1998) sobre el momento específico de la guerra y de A. García Álvarez (1998b) acerca del inicio del período neocolonial, tema que también examina e un capítulo del tomo tercero del IHC (1994-), que debe publicarse próximamente.

Aunque, como decimos, muchos de los recientes esfuerzos de reconstrucción y estimación de las series, indicadores y datos imprescindibles para hacer una historia económica más precisa aún no se han publicado, sí han aparecido varios estudios que anticipan su contenido y es posible informar al lector de lo que se espera próximamente. La ausencia de una estadística comercial desagregada por productos y mercados para el siglo XIX todavía no se ha resuelto, pero el libro de O. Zanetti (1998b) acerca del comercio cubano con España y los EE.UU., una investigación que proyectan A.D. Dye y R. Sicotte y algunos datos recopilados últimamente por unos de nosotros -A. Santamaría- sobre ese asunto y que quizás sinteticemos en el futuro en un trabajo, mejorarán bastante lo que sabemos del tema en breve. De momento, O. Zanetti (1997 y 1998a) ha avanzado algunas de sus conclusiones en relación a la importancia de éste en la crisis colonial. También se espera la edición en breve de un artículo de J.A. Piqueras (en prensa) en el que revisa las tesis tradicionales respecto a la importancia que el mercado de Cuba tenía para la economía española.

Otras estimación que verá la luz próximamente es nuestra reconstrucción de un índice general de precios para el período 1872-1901, A. Santamaría (inédito-a) que prolonga la serie de O. Zanetti y A. García Álvarez (1976: 441-442) y cuyo análisis muestra, por ejemplo, que factores como la evolución del sistema económico internacional fueron más importantes que la política comercial española para entender la independencia de la isla. Dichas conclusiones coinciden con las de otros estudios mencionados anteriormente y que insistían en que una de las razones de la emancipación fue el fracaso de las reformas para adaptar la administración colonial a los cambios en la coyuntura mundial de fin de siglo. En ese sentido, una tesis complementaria de J.A. Piqueras (1998d) intenta probar que si bien en tal coyuntura arreció el alejamiento de las economías cubana y española medido en términos de la vinculación de aquélla con el mercado de los EE.UU., ello no permite hablar de una pérdida progresiva de la colonia, como han se alado algunos autores, pues justo en esos a os fue cuando la metrópoli extrajo más renta de Cuba.

Aparte de los aranceles e impuestos, otro mecanismo de extracción de renta colonial fue el inherente a la presencia de españoles (y también de británicos y norteamericanos) en las principales actividades productivas de la isla. Un trabajo de A. Quiroz (1998) prueba que uno de los efectos de la Guerra de los Diez A os (1868-1878) fue el reforzamiento de esa presencia en detrimento de la de los criollos, abundando en las tesis que ya habían sostenido autores como A. García Álvarez (1990) o A. Bahamonde y J.G. Cayuela (1992), que recientemente han seguido indagando en el trasvase de capitales [A. Bahamonde (1998a y b) y A. Bahamonde y J.G. Cayuela (1998)], al igual que J.A. Piqueras (1998a, b y d), quien sostiene algunas ideas enfrentadas con las de A. Bahamonde acerca de la importancia económica que la isla tuvo para España. Finalmente, sobre las consecuencias de la Guerra de 1895-1898 contamos con un nuevo estudio de J. Maluquer (1997), que se promete como primera entrega de una investigación mayor, y en lo que queda de a o se publicará probablemente la compilación de P. Tedde, ed. (1998) con varios artículos sobre estos y otros problemas como la deuda o el comercio colonial.

Nadie duda de la relación entre el crecimiento y transformación de la industria azucarera o la concentración de las exportaciones de dulce en el mercado norteamericano y la emancipación y la configuración del sistema económico cubano postindependencia, pero los estudios referidos antes prueban que las cosas no fueron tan sencillas como en principio esa relación podría llevar a pensar. Además, ya decíamos también que faltaban investigaciones sobre dicha industria en el último tercio del siglo XIX, que no estaban cerrados debates como el de la abolición de la esclavitud y que aún son muchos los aspectos que quedan por conocer de la modernización que experimentó el sector en esos a os y de sus efectos socio-económicos. Abundan en tales problemas los estudios de uno de nosotros, A. Santamaría (inédito-b), A. Santamaría y L.M. García Mora (1998a y b) y L.M. García Mora y A. Santamaría (inédito) acerca del fin de la esclavitud, el establecimiento del sistema de colonato o los costes de elaboración del azúcar; un libro de F. Iglesias (en prensa) sobre el proceso de centralización de la producción, donde responde a algunos de los interrogantes citados (por ejemplo, afirma que la Guerra de 1895-1898 favoreció la concentración horizontal de la oferta y la modernización técnica de los ingenios); la magnífica tesis doctoral de A.D. Dye (1998), que acaba de editarse como libro y donde se aplican métodos econométricos para explicar la elección de las técnicas y criterios organizativos con que operaron los centrales desde principios del siglo XIX, y un interesante artículo de J.A. Piqueras (1998a) que analiza los rendimientos del dulce e intenta probar que su escasa mejora en las décadas de 1880 y 1890 expulsó hacia otras actividades más rentables capital que podría haber sido reinvertido en el sector.

Decíamos también que además de la industria azucarera últimamente se están realizando algunos estudios para otros sectores, algunos ligados a ella y objeto de investigaciones anteriores, como los de uno de nosotros sobre el ferrocarril [A. Santamaría (1998c, d y e)] que, además, cuenta también con una nueva edición corregida y en inglés de la obra clásica de O. Zanetti y A. García Álvarez (1998), o los de F. Iglesias (1998), I. Roldán (1997 y 1998b), A. García Álvarez (1998c), M. Rodrigo (1998) y E. Collazo, sobre la banca y las finanzas. I. Roldán examina el tema en términos generales y en la coyuntura específica de la Guerra de 1895-1898, a lo que también se dedica F. Iglesias. Ésta explica cómo la ausencia de un sistema crediticio destinado a resolver otras necesidades que las de la producción exportable perjudicó a los peque os y medianos productores agrarios tras la finalización del conflicto, cuya falta de recursos y endeudamiento les hizo muy vulnerables frente a la penetración del capital estadounidense. I. Roldán se preocupa también por el modo en que se financió la contienda (hasta 1896 con fondos del Tesoro cubano y, cuando estos se agotaron, mediante un empréstito interno de la Hacienda metropolitana) y por las razones que condujeron al gobierno español a asumir luego la deuda generada por la misma a pesar de que no estaba obligado a ello según las estipulaciones del Tratado de París. A. García Álvarez, por su parte, analiza el caso concreto del Banco Español del Isla de Cuba entre 1881-1921, completando otra investigación de I. Roldán (1995) sobre su antecesor (el Banco Español de La Habana, 1856-1881). Ambos coinciden en el papel esencial que este jugó dentro de la maquinaria político-institucional de la administración colonial, y el segundo detalla cómo se adaptó después a la estructura económica neocolonial, y no sólo representando los intereses españoles en la isla, pues su inserción dentro de ella fue tal que no resistió a la primera gran crisis de la misma en 1920-1921. Finalmente, frente a los anteriores y a M. Rodrigo, quien se ocupa del Banco Hispano-Colonial, los trabajos de E. Collazo, entre los que se encuentra una tesina, un libro y algún artículo todavía no publicados y una tesis doctoral en proceso de elaboración, se dedican más a la banca privada y, en especial, a la creada por inmigrantes asturianos en la Gran Antilla.

Sin menospreciar las aportaciones anteriores, para finalizar, hay que resaltar por su novedad en el actual panorama historiográfico los estudios sobre sectores no vinculados con las principales rubros exportadores de la isla, esencialmente los trabajos de M.A. Marqués (1996b y 1998a y b) acerca de las industrias menores (actividades manufactureras no azucareras ni tabacaleras), de A. García Álvarez acerca de una de esas industrias, la del henequén, y de E.L. Moyano y S. Fernández (1998) en relación con la minería. Finalmente, esperamos también en fechas próximas un libro del propio A. García Álvarez y M. Martí (en preparación) dedicado al banano.

Todas esas obras coinciden en señalar el escaso interés que han despertado sus respectivos objetos de análisis debido a la preeminencia del azúcar (económica e historiográfica), aunque su conocimiento es interesante desde infinidad de puntos de vista. Por ejemplo, M.A. Marqués destaca la expansión a finales del siglo XIX de una serie de industrias menores con un carácter complementario respecto a la producción de dulce, ofreciendo una imagen más completa del sistema económico cubano del que hasta ahora teníamos. Sus tesis, por otro lado, concuerdan con las conclusiones de las investigaciones sobre otros países latinoamericanos, con lo que se alaban trabajos como nuestro estudio de precios [A. Santamaría (1998a)] o el artículo de J.A. Piqueras (1998a) que explicaba la necesidad que tuvieron muchos sacarócratas de invertir sus beneficios en actividades distintas del azúcar en las últimas décadas del siglo XIX, aunque, frente a este último, aquélla autora ofrece una explicación diferente para ese hecho relacionada con la diversificación de riesgos más que con problemas de rendimientos en los ingenios. 49

Para finalizar, junto a las obras anteriores debemos se alar también algunas otras más difíciles de agrupar, como el artículo de A. Sánchez Andrés (1997) sobre los presupuestos coloniales, y ciertos estudios que, centrados en los problemas de la economía española, como varios de los mencionados antes de A. Bahamonde o J.A. Piqueras, examinan también la cubana. Entre ellos merece la pena citar un breve pero claro ensayo de G. Tortella (1997-1998) y un análisis econométrico realizado por P. Fraile y A. Escudero (1998).

Ideas para terminar.

Un análisis historiográfico es en sí un trabajo de conclusiones, por lo que no vamos a terminar aquí con un corolario al uso en el que se detallen las principales cuestiones expuestas en páginas precedentes. Sí creemos necesario, sin embargo, resaltar unas cuantas ideas para acabar. La primera es que en muy pocas ocasiones la historiografía de algún tema, sobre todo tan amplio, con tantas posibilidades e implicaciones ha gozado de la colaboración de un número tal de esfuerzos personales e institucionales en varios países y continuado a lo largo de varios a os como el 98 (la coyuntura finisecular) en América, gracias, entre otras cosas, a la concatenación de varias conmemoraciones y a la renovación y actualización de los estudios históricos por distintas razones en España, Cuba y Puerto Rico.

Pensamos que los resultados han justificado los esfuerzos y en varios sentidos. Primero, por la cantidad y calidad de los trabajos que han visto la luz últimamente; segundo, por el buen entendimiento y la colaboración que ha presidido los debates y, tercero, por la disposición y el oficio que han mostrados muchos de los profesionales a la hora de decidir qué asuntos del pasado son menos conocidos y más interesa investigar y de qué manera debe hacerse, formulando preguntas y aplicando herramientas teórico-metodológicas relevantes a nivel internacional que, por supuesto, ni son las únicas posibles ni tampoco las mejores, pero sí las que hoy por hoy caracterizan el avance de nuestra disciplina.

A pesar de lo dicho, todavía es mucha la labor que queda por hacer, aunque esto no es, desde luego, una conclusión negativa, sino una invitación a continuar los referidos esfuerzos y a validarlos más allá de las celebraciones, incluso a inventar otras si es preciso para seguir avanzando. En 1902, por ejemplo, se estableció formalmente la República de Cuba y entró en vigencia la Enmienda Platt. Con o sin esas ocasiones, es necesario que en un futuro próximo seamos capaces de sintetizar todos los esfuerzos recientes en obras más globales y comprensivas, tanto destinadas a los profesionales, como a los alumnos universitarios y de instituto, como al lector meramente interesado en la historia. También urge que las completemos en varios sentidos, sobre todo, insistiendo más en el estudio de la sociedad finisecular, de los grandes agregados macroeconómicos, interesando a los autores españoles en el examen de la realidad cubana y puertorrique a postcolonial o especializando más los análisis sobre Puerto Rico, excesivamente concentrados o articulados en torno a los problemas políticos.

En Puerto Rico, la ocasión de estudiar y discutir sobre la coyuntura finisecular y, en concreto, sobre el 98, ha sido en gran medida un acicate para enfocar su historia desde el presente, de forma que a veces parece que no han transcurrido cien a os, fundamentalmente en lo que respecta al debate sobre su identidad nacional. La reivindicación continua de esta última desde el momento en que la isla cambió de soberanía ha concentrado la labor historiográfica, generando trabajos, algunos de ellos todavía en proceso, acerca de la hispanofilia o la modernidad de su sociedad. En esos trabajos se examina el referido problema de la identidad y la construcción del imaginario puertorrique o, tanto a partir de los programas y de la acción política real, como del proceso de legitimación y apropiación de las diferentes herencias culturales que coexistieron y coexisten en la isla en un contexto en el cual una de ellas tuvo (la española) y tiene (la estadounidense) un status dominante frente a las demás. Así, aunque la tarea reciente de ciertos autores, especialmente de los que se han ocupado de la cultura y de las mentalidades, destaca por su excelencia y hasta permite evidenciar nuevos e interesantes rumbos en la investigación, la vigencia de estas cuestiones ha provocado que, en muchas ocasiones, el análisis científico se traslade a un segundo plano frente a las argumentaciones políticas. Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta, por ejemplo, que Puerto Rico se enfrentará en breve a un nuevo plebiscito en el que se decidirá su destino.

Aunque la importancia de la coyuntura finisecular y del 98 en la historia posterior de Cuba no ha sido menor que en la de Puerto Rico, se ha definido menos en aspectos específicos como la identidad nacional, especialmente en lo escrito después de la Revolución de 1959. Eso y el hecho de que los sucesos recientes (desaparición de la URSS) han provocado una necesidad de revisión historiográfica, han permitido una producción más variada y preocupada por múltiples aspectos que, desde nuestro punto de vista, los autores han sabido casi siempre articular bien con el tema central del centenario del final del dominio colonial español, asunto que ha presidido las reuniones y publicaciones de los últimos a os acerca de la isla. Sólo hay que lamentar, en términos generales, la escasa incorporación a sus estudios de las investigaciones realizadas fuera del país, que no pueden ser invisibles durante más tiempo para esta historiografía.



Referencias bibliográficas.
La bibliografía que se presenta a continuación recoge todos libros, números monográficos de revista y artículos publicados en estos últimos y en las distintas compilaciones editadas sobre el 98 en América entre el invierno de 1996 y el verano de 1998 inclusive, así como en algunos otros que aparecerán en breve y cuyos manuscritos o índices hemos tenido en primicia. Junto a ellos anotamos también los textos citados en el artículo y publicados antes de la primera de esas fechas sin pretensión alguna de exhaustividad, aunque intentando ofrecer al lector las grandes obras de referencia y las compilaciones editadas en las últimas décadas, así como una serie de estudios historiográficos en los que puede encontrar más trabajos y opiniones acerca del tema.
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15.11.06

INCURSIONES EN TORNO A LA HIBRIDACION: Rita De Grandis


Rita De Grandis

Incursiones en torno a hibridación, Una propuesta para discusión: De la mediación lingüística de Bajtín a la mediación simbólica de Canclini

Rita De Grandis
Associate Professor Spanish and Latin American Studies Simon Fraser University.
Prepared for delivery at the 1995 meeting of the Latin American Studies Association, The Sheraton Washington, September 28-30, 1995.

En este trabajo y a partir de esta situación particular de lectura me propongo hacer una puesta en escena de ciertos elementos de la discusión actual en torno a hibridación cultural tal como está siendo aplicada en América Latina, a fin de promover un intercambio y reflexión dentro de un contexto inter-disciplinario que exponga las reglas de los juegos metodológicos, para así promover interrogantes de naturaleza epistemológica comparativa y de cooperación metodológica.

La cuestión de hibridación/hibridez es un antiguo debate interdisciplinario. Ha sido usado en la permanente discusión sobre identidad, ya sea racial, política, religiosa o cultural. Ya en 1928 Robert Park, sociólogo de la Universidad de Chicago, hablaba del "híbrido cultural," específicamente refiriéndose al fenómeno de migración humana y al estatuto del individuo marginal. Park definien al "híbrido cultural" como el tipo de personalidad que caracteriza al "hombre marginal," o sea, al inmigrante que debe encontrar su lugar en una nueva sociedad. Este "hombre marginal," vive y comparte íntimamente tradiciones de diferentes sociedades; su conflicto es de "orden mental," entre un yo escindido -el viejo- (representado por las tradiciones de su lugar de procedencia), y el nuevo yo, que comporta la incorporación de nuevas pautas culturales.[1]

En el campo específico de los medios de comunicación, válganos recordar el estudio de Jesús Martín Barbero, De los medios a las mediaciones: Comunicación, cultura y hegemonía (1987), y desde las disciplinas de la antropología y las ciencias de la comunicación, los aportes de Canclini en Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad (1989) y sus posteriores desarrollos en numerosos otros de sus trabajos se han convertido en un modelo importante retomado por la crítica literaria actual.


En efecto, y por mencionar sólo un par de ejemplos ilustrativos en el campo de la literatura latinoamericana, Amaryll Chanady, en la introducción a Latin American Identity and Constructions of Difference (1994) se refiere al híbrido como la tercera característica constitutiva de la identidad en América Latina, y menciona los aportes de Cornejo-Polar, Jean Franco, Monsiváis, Subercaseaux, y Rama entre las contribuciones más importantes a la articulación de este concepto. A su vez, el crítico cubano-americano, Román de la Campa en "Hibridez posmoderna y transculturación: políticas de montaje en torno a Latinoamérica," haciéndose eco de la contribución de la teoría poscolonial, específicamente del aporte de Homi Bhabha, y luego del de Canclini, re-evalúa el concepto antropológico de transculturación tal como esbozado en los años cuarenta por Fernarndo Ortiz y luego retomado para la literatura por Angel Rama en los años setenta-ochenta, trayendo a luz nuevamente el problema del híbrido.

Utilizando la perspectiva cancliniana, William Rowe y Vivian Schelling en Memory and Modernity. Popular Culture in Latin America (1991), amplían la visión de la literatura incorporando la definición de Canclini, y aplicándola a un espectro mucho más amplio de productos culturales, incluyendo desde la literatura de cordel, las religiones populares, la música popular, el teatro popular, las arpilleras, hasta sel fútbol, la novela, etc. Dejan fuera, sin embargo, las culturas de frontera, particularmente, la chicana, y una perspectiva genérica de lo popular, en especial en cuanto a los medios, en las relaciones de identidad entre lo femenino y el melodrama.

En un trabajo previo mío titulado "Procesos de hibridación cultural" examino el aporte de Néstor García Canclini en Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (1989) sustanciado con investigaciones de campo propias realizadas en la región de Puebla-Taxcala en 1993. Aquel trabajo termina donde intento retomar ahora con miras a un diálogo/debate metodológico. En el mismo, primero situaba el surgimiento del término, su definición y lo ponía en correlación a manera de génesis o evolución histórica -como el propio Canclini hace y luego William Rowe y Vivian Schelling retoman- con otros términos como mestizaje, aculturación, sincretismo, transculturación, heterogeneidad, creolización, realismo mágico y maravilloso, manifiesto antropofágico, etc. Canclini aclara que "se encontrarán ocasionales menciones de los términos sincretismo, mestizaje y otros empleados para designar procesos de hibridación " (15), pero que prefiere este último "porque abarca diversas mezclas interculturales-no sólo las raciales a las que suele limitarse "mestizaje"- y porque permite incluir las formas modernas de hibridación mejor que "sincretismo", fórmula referida casi siempre a fusiones religiosas o de movimientos simbólicos tradicionales." (15) Entiende por hibridación cultural los los modos en que determinadas formas se van separando de prácticas existentes para recombinarse en nuevas formas y nuevas prácticas. Además como una condición de lo popular y vinculando lo popular o folklórico con lo masivo.

En subsecuentes desarrollos de su idea de híbridez/hibridación, que han llegado a mis manos, Canclini en una reciente publicación al inglés "The Hybrid: A conversation with Margarita Zires, Raymundo Mier, and Mabel Piccini," del volumen colectivo titulado The Posmodernism Debate in Latin America editado por John Beverly y José Oviedo (1995), se asegura bien de aclarar que su idea del híbrido no se corresponde con "una materia -en el sentido biológico del término- sin identidad, aquélla que se instala en los intersticios, perfilando una zona de sombras, que escapa al menos en apariencia a la repetición." (traducción mía, 77) El híbrido así sólo permite un análisis oblicuo, una zona de efectos. "Puede ser comprendido, pero sólo a través de sus modalidades de endurecimiento" (78) Para Canclini, su híbrido no es indeterminado, como el biológico en el sentido que insinúa Margarita Zires, o sea como algo que está constantemente cambiando, sino por el contrario no está nunca indeterminado, "no se presenta a sí mismo, aún en las sociedades contemporáneas, por grados de indeterminación, aun cuando las mezclas culturales se hayan intensificado intensamente recientemente...El híbrido no es nunca algo indeterminado porque hay diferentes formas históricas del híbrido." (79)

En este espectro terminológico-conceptual el modelo de Canclini que intenta abrir y conectar metodológicamente los objetos de estudios culturales evita, soslaya o no reconoce explícitamente, como tampoco lo hará en un comienzo Homi Bhabha, una referencia importante que proviene del dominio de la crítica literaria: el aporte bajtiniano a la discusión sobre el híbrido, o sea el concepto discursivo de híbrido de Bajtín, que data de los años veinte y treinta.

En esta indagación del diálogo y la crítica a la interdisciplinaridad, que Canclini se propone mediante un examen de las diferencias y de la "ignorancia recíproca" entre la sociología y la antropología, es justo incluir en este debate la literatura. Cabe entonces preguntarnos si el concepto de híbrido de Bajtín ha "emigrado" consciente o inconscientemente al concepto de híbrido de Canclini, si ha operado como intermediario teórico y metodológico de la misma manera que en Kristeva, a través de su concepto de intertextualidad y productividad textual.

En este diálogo y crisis entre disciplinas, me propongo situar y desarrollar la crítica de Canclini en relación al aporte de Bajtín, es decir, confrontar la hibridación de Canclini con las propuestas de Bajtín, particularmente las de hibridez y dialogismo. Quisiera traer a colación elementos para una reflexión sobre el estatuto histórico-teórico del concepto cancliniano, quien cuando confronta la antropología y la sociología admite que en general, la antropología se ha dedicado a estudiar los pueblos indígenas y lo ha hecho tradicionalmente desde una perspectiva romántica apoyada en una concepción mítica del hombre como reliquia del pasado, mientras que la sociología se ha dedicado a los problemas macro-sociales y a los procesos de modernización.

Apoyándose en Pierre Bourdieu incorpora desde el ámbito de la sociología de la cultura la idea de autonomía cultural de los productos artísticos, y ubica las prácticas artísticas en los procesos de producción y reproducción simbólica de lo social, aplicando estos conceptos a la reconversión cultural de los productos artesanales y a la migración de las sociedades indígenas a espacios urbanos. El hecho de que la población se concentre en grandes ciudades y esté conectada a las redes nacionales e internacionales significa que los contenidos, las prácticas y los ritos del pasado son reordenados de acuerdo a una lógica diferente. La radio, televisión y el video implican el pasaje de interacciones directas y microsociales al consumo distante de bienes producidos en serie dentro de un sistema centralizado.[2] De ahí que esté interesado particularmente en estudiar el consumo cultural y dentro del mismo las políticas culturales para así comprender cómo se reformulan los vínculos actuales de producción y circulación cultural.

Es así como la cuestión de la hibridación/hibridez cultural surge aquí como en Jesús Martín Barbero de la encrucijada de lo popular y lo masivo. Esto es, lo popular en su hacerse y entreverarse con lo vernáculo y lo masivo impele el híbrido. Este híbrido tal como para de Certeau no tiene carácter ontológico, sino más bien es un principio reactivo de integración y selección. Canclini incorpora la teoría neo-gramsciana sobre la hegemonía, justamente porque la naturaleza de reacción en cadena del construirse de lo popular. Por eso, el consumo cultural hay que verlo no sólo en relación al gusto y en las opiniones del público, sino en relación al problema general de la articulación hegemónica del poder del estado. Dentro de esta perspectiva, si bien reconoce el "impulso renovador y cuestionador," de las vanguardias artísticas, su papel de "socavar los discursos dominantes," -en el cual debemos situar el aporte de Bajtín- Canclini se interesa más bien en los procesos de ritualización de los museos y del mercado. No extiende su análisis de hibridación a la literatura per se, más que señalar el proceso de "bestsellerización" de que es objeto, el reciclaje de géneros populares y registros lingüísticos que se inscriben en el proceso de "reconversión cultural" del cual no puede escapar la literatura. Su punto de vista no es exactamente el de analizar el discurso de textos literarios, sino que está más interesado en los autores y escritores como artistas y lo que hacen con sus textos.

Canclini nos dice: "Hay obras eruditas y a la vez masivas como El nombre de la rosa, temas de debates hermenéuticos en simposios y también "best-seller."(17) En "Cómo interpretar una historia híbrida" menciona al pasar Cien años de soledad y luego alude al realismo maravilloso (69-70). En "Artistas intermediarios y público: ?innovar o democratizar?" Canclini elige a Jorge Luis Borges y a Octavio Paz para ilustrar la crisis "no sólo personal de intelectuales y artistas sino de su papel como mediadores e intérpretes del cambio social." (95) En este sentido, los "logros innovadores" de Jorge Luis Borges y Octavio Paz "a la vez que afianzaron la autonomía del campo literario los volvieron protagonistas de la comunicación masiva."(95) En "De Paz a Borges: comportamientos ante el televisor" afirma que "El Estado sin disimulo" del dramaturgo venezolano José Ignacio Cabrujas no formula "una reflexión crítica respecto de las industrias culturales," y a propósito de Octavio Paz -el prototipo del escritor culto- dice que " en su obra ha ido creciendo la indignación frente al poder estatal mientras en sus vínculos con el mercado busca una relación productiva, recurr[iendo] a los medios masivos para expandir su discurso." (96)

De lo dicho anteriormente, resulta así no sólo un cierto divorcio no hacer participar el concepto discursivo de Bajtín en este diálogo metodológico, sino una afrenta llevada a cabo a medias o dejada para otros, los especialistas disciplinarios que se sienten desafiados a llenar el hueco.

Como es bien sabido, el aporte discursivo de Bajtín enfatiza fundamentalmente lo social-ideológico y lleva al orden de la literatura la cuestión del híbrido como fenómeno lingüístico que se deduce de la premisa de la naturaleza argumentativa de toda lengua, énfasis también encontrado en los trabajos de Michel de Certeau, Gilles Deleuze y Félix Guattari, entre otros, y en las distintas manifestaciones de la pragmática lingüística y de la teoría de los actos del habla.

Michel de Certeau, Gilles Deleuze y Félix Guattari, entre otros, priorizan el carácter social y lingüístico del discurso, poniendo en tela de juicio la cuestión del autor puesto que en la relación entre el individuo y lo social, el sujeto resultante ya sea de fuerzas conscientes o inconscientes actúa sobre el lenguaje y éste sobre aquél, en el plano de la actuación o habla, haciendo que aún la más individual de las enunciaciones sea un caso particular de enunciación colectiva. Para Bajtín, la novela sea el género privilegiado de la reflexión discursiva, porque en ella el narrador es esencialmente un individuo social dotado de una doble voz (eco del cual encontramos en el sujeto trans-individual de Goldmann), históricamente definido y concreto, y su discurso es un lenguaje social, no un idiolecto individual, aunque sea también idiolectal, como comenta Denis Donoghue en "Doing things with words."[3]

La hibridación como principio discursivo, esto es, la ideología como un hecho de la palabra, surge en el momento en que el estructuralismo se centraba en, y fetichizaba la lengua como sistema (Mabardi, 1995). El impacto de la crítica lingüística de Bajtín, más alla del funcionalismo y del generativismo, alcanza a la teoría de la enunciación, a la pragmática, la semántica de la presuposición, y la socio-lingüística laboviana (Marc Angenot). También y particularmente, el pensamiento de Bajtín ha sido aplicado a la teoría narrativa. Nadie duda del aporte de Bajtín a la teoría de la novela y de su alcance, ya que se extiende a la práctica literaria, a la relación histórica de las formaciones sociales, a la función estética y a la cultura en general. El uso de las categorías bajtinianas dió un rendimiento, en el sentido económico del término, asombroso; se llegó a ver carnavalización en todo y también se redujeron las mismas en los años sesenta a isotopías principales y a figuras textuales del orden narratológico en los años setenta (señala García Méndez). Hibridación no aparece al menos hasta recientemente haber recibido una atención tan amplia como la idea del carnaval subversivo o la del dialogismo que sin embargo para Bajtín está fuertemente relacionada con hibridación

En el conjunto de la obra de Bajtín, el término "híbrido' aparece ocasionalmente, particularmente con valor calificativo referido al enunciado, mientras que la categoría de dialogismo es más teórica y precisa ya que puede abarcar desde el enunciado hasta la cultura en su conjunto. (Pérus, 1995)

Bajtín desarrolla su idea de hibridación en su estudio sobre el discurso novelesco. El discurso novelístico de Bajtín es un lugar híbrido, donde muchas voces desestabilizan la lengua unitaria y autoritativa. "In an intentional novelistic hybrid,...the important activity is not only...the mixing of linguistic forms...as it is the collision between differing points of views on he world. [... ] each word tastes of the context and contexts in which it has lived its socially charged life...(Dialogic Imagination, 1981, 123) [and]... forms a concept of its own object in a dialogic way." (279) La novela se constituye como un espacio conflictivo de interacción de dos o más voces, o conciencias. La condición o el locus dentro del cual el dialogismo en tanto proceso ocurre es denominado heteroglosia, o lugar de voces en oposición.

El texto literario y en particular la novela, como resultado de la producción discursiva, participa de un sistema significante en el cual es producido y a su vez de un proceso social del cual es parte. La hibridación es propia del "espacio dialógico" según las realizaciones hechas por Todorov, siguiendo a Julia Kristeva quien elabora el término "espacio dialógico" a partir de la noción bajtiniana de dialogismo, emparentada a su vez con la de carnavalización a partir de los trabajos de Bajtín sobre Rabelais. Dialogismo, diálogo e hibridación son las tres maneras por la cual una novela construye imágenes de lenguas (Mabardi, 1995).

La noción bajtiniana de dialogismo caracteriza la relación entre literatura y cultura. Tiene distintos alcances. En el primer ensayo de Teoría de la novela, "El problema el contenido, del material y de la forma en la obra literaria" se vincula el dialogismo con el "plurilingüismo" o la "heteroglosia" fenómenos que se producen en el seno de una lengua natural en función de los múltiples espacios socio-culturales con los cuales el hablante interactúa en el desenvolvimiento de su actividad humana. Por otro lado está el "enunciado" como lugar de intercambio verbal que no sólo toma en consideración a la "palabra" del interlocutor, sino que se apoya en discursos o fragmentos de discursos previos, el "principio dialógico" en el cual Bajtín basa su translingúística, que suele desembocar en un análisis fundamentalmente estilístico. Pero que gracias a la sustitución del principio de unidad estilística por el de una diversidad de registros, acentos y tonos, estos análisis ponen de manifiesto en el "enunciado" la co-presencia de dos o más "voces," y desembocan a menudo en una "polifonía" más o menos generalizada, que acostumbra contraponer a un "monologismo" caduco por "autoritario." La noción de dialogismo da cuenta de la existencia de una zona fronteriza entre espacios socio-culturales y socio-lingúisticos diversos, y cuyas delimitaciones y modalidades específicas de articulación histórica y literaria constituyen precisamente el objeto central del principio "dialógico bajtiniano."

El énfasis que Bajtín pone en los encuentros o choques de clturas, contacto entre tradiciones históricamente separadas, lenguajes vivos y formas canonizadas, géneros "altos" y "bajos," oralidad y escritura, etc. da cuenta de una preocupación que va mucho más allá de las marcas formales de un análisis estilístico. De modo que la relación que establece del dialogismo con el plurilingüismo (en sentido estricto), con la heteroglosia (en el sentido bajtiniano), o con la heterogeneidad cultural (de la tradición latinoamericanista) plantea para el dialogismo cultural y literario un problema de modalidades y grados de decir, o sea, de formas relativas a las posibilidades e imposibilidades histórica, social y culturalmente dadas.

Por otro lado, la noción de frontera, asociada por Bajtín con la de diálogo hace que el crítico deba ubicarse respecto de los espacios, los tiempos y los movimientos involucrados en las diferencias inherentes a la heterogeneidad cultural, el plurilingüismo o la heteroglosia. La relación del principio dialógico con el ámbito de la cultura en su conjunto remite a un conjunto de formas, lenguajes y estilos vinculados con los tiempos y espacios socio-culturales de donde surgen sistemas de posibilidades e imposibilidades históricamentes definnidas, que en la literatura se construye con base en un sistema relativamente inestable de diferencias relativas a estas posibilidades e imposibilidades, la historia de las formas novelescas es la de las "soluciones" poéticas composicionales y estilísticas para la resolución artística de un dialogismo cultural, si no imposible, al menos difucultoso, tenso y conflictivo, y a menudo trunco. ?No es evidente la similitud entre este dialogismo literario y la articulación de nuevas formas culturales de las que habla Canclini? No es posible establecer una relación analógica por ejemplo con la descripción de los amates cuando en los años cincuenta varios pueblos del estado de Guerrero, alfareros de origen nahuas de Ameyaltepec, comenzaron a producir y vender pinturas hechas en papel de amate, contrariamente al pronóstico de algunos folcloristas, de que iban a decaer sus tradiciones étnicas; por el contrario, estos dibujos nacidos de multideterminaciones facilitan la renovación de su oficio artesanal y el reacomodo a una interacción compleja con la modernidad. Han logrado una independencia floreciente que no hubieran logrado encerrándose en sus relaciones ancestrales. (Canclini: 219-221)

La riqueza mayor del modelo de Canclini reside particularmente en la información de que dispone, en la cantidad de prácticas artesanales que ha renido como evidencia sustancial para ilustrar la resemantización de nuevos circuitos de hibridación cultural; por el contrario, su limitación mayor consiste en la elaboración detallada de los diveros lenguajes (pictórico, religioso, de los medios, estc). Cómo desmembrar esos procesos de resimbolización que parecen llevarse a cabo inconsciente o involuntariamente. Falta a mi parecer, entrar o profundizar no sólo qué se entiende por procesos dee resimbolización, sino cómo describirlos, cómo articular la risa o parodia implícita en los diablos de Ocumicho, con los diferentes niveles de aprehensión que tal resimbolización conlleva; cómo decidir entre la resimbolización comotácticas de sobrevivencia y/o estrategias de resistencia (de Certeau).

Es justamente en el plano de la articulación interna de la hibridación cultural dónde el modelo de Canclini debe desarrollarse, completarse con un instrumental más pormenorizado de análisis y es ahí donde el modelo de Bajtín puede ayudar. Dentro de los procesos de "reconversión cultural" de los que habla Canclini que dan como resultado nuevas formas y prácticas culturales, las que a su vez surgen de un proceso de reacomodamiento, es necesario con el objeto de restituir las condiciones de enunciación (su contexto) de poner de manifiesto la peculiaridad de su solución artística; la articulación interna con la idea también ambivalente de "renovación universal" propia de la cultura popular de la que habla Bajtín, y su articulación "externa" con las formas culturales de la cultura dominante (cultura de masas, cultura de museo).

Dicho esto, sostengo, que independiente de si Canclini conociera o no la obra de Bajtín, ésta está implícita, particularmente su noción de dialogismo literario, con su idea de hibridación cultural.

Para tal fin, voy a remitirme primero a la filiación entre Bajtín y Bourdieu, para luego indicer posible paralelos entre Bajtín y Canclini.

Marc Angenot indica la filiación entre Bajtín y Bourdieu, entre la palabra como el fenómeno ideológico por excelencia, el enunciado en situación dialogada, la relación de los enunciados- y el "habitus," esto es, al sistema subconsciente de comprender el mundo y de conformar las conductas sociales. Las percepciones del individuo y sus acciones están reguladas por un patrón internalizado por el cual toda nueva experiencia es filtrada a través de ese sistema de presuposiciones que determinan la comprensión y por ende el intercambio social. [4] En efecto, Bourdieu en su trabajo, "Critique de la raison théorique," y en general en la major parte de sus trabajos recientes, integra y reconoce el pensamiento de Bajtín. Ahora bien, si establecemos un paralelo entre las proposiciones de Bourdieu, las de Bajtín, y las de Canclini, podremos establecer una constelación de correspondencias. Como demuestra Angenot, el aporte de Bourdieu está elaborado sobre el eje "ni-ni,"esto es, ni Lévi-Strauss o el objetivismo de las estructuras, ni Jean-Paul Sartre o el subjetivismo del Imaginario.

Así, Bourdieu construye una teoría de la práctica como lugar privilegiado de la dialéctica. De este modo, sin que en Bourdieu aparezca explícitamente, se recononce un cierto "homenaje a Bajtín," indica Angenot. Su axioma de que la heterogeneidad social es inherente a la lengua, es literalmente bajtiniano. Entonces, estamos frente a una teoría sociológica, anti-estructuralista emparentada con el pensamiento lingüístico-discursivo bajtiniano. Por extensión analógica, en la obra de Canclini, se opera un procedimiento similar. Su contribución al híbrido como categoría cultural, anti-ontológica al igual que Bourdieu, opera en el plano de una teoría de la práctica, siendo hibridación un concepto que establece un cierto balance entre evaluación y descripción empírica; hibridación tiene que ver con la acción de fuerzas centrípetas y centrífugas resultantes de la catastrófica acción de la modernización económica y tecnológica sin que ésta llegue a ser apocalíptica. Su relación a Bajtín es mediada vía Bourdieu y Gramsci. En efecto, ésta última ya ha sido señalada por Graham Pechey en Bakhtin and cultural theory (editado por Ken Hirschkop y David Shepherd) y por Marcia Landy, en Film, Politics and Gramsci (1994), para quienes son evidentes las relaciones que pueden establecerse entre el pensamiento de Bajtín y el de Gramsci.

El carácter social de la lengua de Bajtín se acerca a, es complementario con la noción gramsciana de interpelación y negociación señala Pechey. Para Landy, por su parte, "la empresa bajtiniana puede compararse a los esfuerzos de Gramsci por distinguir los elementos polisémicos que componen el sentido común." El concepto to heteroglosia de Bajtín se asemeja al de lengua común de Gramsci, como algo fragmentario, compuesto, mixto, históricamente ecléctico, y heterogéneo." (traducción mía, 91). El sentido común de Gramsci puede ser identificado por su naturaleza heteroglósica, sus residuos y por sus voces contradictorias y en competencia. Más adelante, agrega que a diferencia de Bajtín, Gramsci complica la noción de popular, haciéndola menos exclusiva de los grupos subalternos, en un intento por diferenciar concepciones populistas de las populares en cuanto a resistencia y contra-hegemonía, como su análisis del populismo católico de Manzoni, así parece demostrarlo. (92)

Sin embargo, mientras el sentido común aspira a localizar la complejidad de los discursos populares, en relación al populismo, importantes diferencias emergen entre el trabajo de Gramsci y el de Bajtín (fuera del propósito de esta ponencia aquí). Tal vez las diferencias se deban en parte a la naturaleza críptica y elíptica de la escritura de Gramsci e incluso a su carencia de establecer relaciones entre textos escritos y textos orales, señala Marcia Landy.

Asimismo, Pechey agrega que Bajtín plantea aunque nunca resuelva satisfactoriamente la cuestión central entre discurso y poder, cuestión que es mucho más central en Gramsci, como así también en Canclini. En este sentido la consideración del concepto de hegemonía de Gramsci en la corrección de Laclau permite a Canclini examinar cómo el poder puede ser al la vez retenido y resistido, y el híbrido de Canclini resuelve esta tensión por vía de la renegociación simbólica del capital cultural como ambas una práctica de acomodamiento y de resistencia a la hegemonía.

En vista de lo arriba expuesto, ?es posible establecer relaciones analógicas entre los conceptos de Canclini y Bajtín? ?Cuáles son sus implicaciones comunes? Para ambos, hibridación es un proceso y una condición. En el caso de Canclini hibridación es principalmente una condición de lo popular y en Bajtín es más bien una condición lingüística, un principio argumentativo. Para Canclini -a diferencia de Bajtín, implica fundamentalmente un proceso de resimbolización, de rituales y del capital cultural heredado y acumulado por la memoria histórica que frente a nuevas condiciones materiales de existencia se transforma proponiendo nuevas combinatorias simbólicas como formas de resolver conflictos de orden social, económico y cultural en general.

El híbrido cultural es el resultado del conflicto entre fuerzas sociales mediatizadas a través de un proceso de resimbolización. Ahora bien su noción de "producción simbólica" permanece vaga, tanto como la "hibridez," no hay una profundización en los problemas planteados por los diferentes lenguajes (verbales o no), y la problemática del sujeto queda completamente escamoteada. (Pérus) En Bajtín en cambio, el proceso de mediación, es lingüístico. En ambas modalidades de mediación, la hibridación a la vez que permite la incorporación de elementos de órdenes discursivos diferentes y antagónicos permite a su vez la resistencia a un orden hegemónico autoritativo, por ejemplo, a través de la parodia.

De este modo, la novela como trasposición lingüística mediatizadora del duelo de fuerzas sociales, es comparable con las nuevas artesanías, fiestas, ceremonias, rituales que incorporados al amplio repertorio cultural se construyen como una modalidad más de la reacomodación hegemónica. Así, en el híbrido como principio de producción discursiva y en aquél como principio de renegociación simbólica que participan en el proceso de transformación social, se re-elaboran nuevos pactos de comprensión colectiva, pero en el caso de Canclini quedan sin elaborar los procesos de mediación, los niveles de conciencia o no conciencia de los conflictos de interpretaciones.

En la compleja inter-relación discursiva de la novela, las teorizaciones de Bajtín llevan a una concepción del híbrido que enfatiza la dimensión -ideológico- semiótica, estableciendo así una disención con la tradición de Kant y Hegel para quienes lo epistemológico y estético son fundamentales, señala Ken Hirschkop[5].

Ahora bien, vale inquirir si en este vagabundear y en esta transmutación del híbrido bajtiniano, ?cúales son los elementos de auto-corrección que emergen del híbrido cancliniano? Si estamos hablando de un debate inter-disciplinario, de una metodología y epistemología que puedan cooperar la una con la otra, la idea de un lenguaje de correspondencias debiera ser ejercitado, las relaciones analógicas promovidas, y las tensiones teóricas captadas.
En el plano de la definición, el híbrido de Bajtín denota ser un principio trascendental del discurso o sea la condición básica de toda comunicación y creación significativa de actos de habla.


El híbrido de Canclini es una condición básica de yuxtaposición y comparación interpretativo-semiótica de diferentes tradiciones de imaginería cultural. Ambos no son principios ontológicos, sino pragmáticos de la realización lingúística y simbólica de los procesos y transformaciones histórico-sociales.

Bajtín permanece en la elección de la literatura y en particular de la novela europea en la tradición del humanismo liberal que ve en el acto de lectura si bien un sujeto universal uno que a su vez no puede escapar el compromiso ideológico con su época, y concibe a la literatura como un instrumento privilegiado de acción social en el plano del habla, esto es, del discurso, adjudicándole al autor una dimesión ético-política del orden de la del "Storyteller" de Walter Benjamin. No incluye la literatura latinoamericana, operando una especie de discurso de exclusión (utilizando la terminología de Jean Franco); ya que entre las mil quinientas páginas aproximadamente de la obra de Bajtín hasta el presente aparecida en traducción, no hay una sóla mención a un escritor latinoamericano indica García Méndez, probablemente porque en el momento en que Bajtín escribió, la novela latinoamericana no era todavía conocida.

En este trabajo soy consciente de la ambivalencia de la teoría particularmente cuando entramos en el terreno de la cultura. La proliferación de hibridación, hibridez, híbrido parecen cubrir un amplio campo léxico dentro de la teoría crítica. La incorporación de la noción de conceptos como constitutivamente migratorios, nos permite romper con la problemática de la aplicación por la cual conceptos elaborados en una disciplina son aplicados al objeto de otra disciplina comenta Graham Pechey en "On the Borders of Bahktin: Diologisation, Decolonisation." Podemos decir que otra de las correcciones que opera el aporte de Canclini viene de la teoría de la recepción pues "un cambio metodológico puede abrirnos otra perspectiva. Hasta aquí indagamos el destino de la modernidad desde los lugares de quienes la emiten, la comunican y reelaboran. Hay que mirar cómo se desenvuelve desde el lado de los receptores." (Canclini 133).

Por último cuáles son los peligros de este híbrido cultural, qué es lo que queda fuera de esta celebración del híbrido? : la cuestión racial, el mestizaje como ideología que encubre la diferencia, el terreno de la realización concreta de laa discriminación racial y étnica. La celebración del híbrido cultural corre el riesgo de echar sombra a los problemas étnicos, raciales y de clase. Pareciera que en este debate de la hibridación/hibridez, por su ausencia parece elevarse a mito el hecho de que no hay racismo. Robert Young en su reciente libroColonial Desires[[cedilla]] (1995) señala esta ausencia.

No puedo en realidad concluir este trabajo. He querido solamente formular algunas hipótesis de epistemología histórica. En este recorrido histórico-teórico del concepto cultural de hibridación de Canclini en relación al pensamiento bajtiniano, no he hecho sino ilustrar el proceso migratorio de la teoría y su naturaleza híbrida. Esta es sóla una posible entrada. -

LASA95 Pilot Project page.

Rita De Grandis
I was born in the south of Argentina, in a region called Patagonia, a barren and frontier land settled by European, Lebanese and Asiatic immigrants. Patagonia has been known through Charles Darwin's accounts and Bruce Chatwin's In Patagonia; just two of the well-known narratives on these lands. Patagonia was the arena for Julio Argentino Roca's Campaña al Desierto and scene of action of the anarchist rebellion of the early twentieth century known as "La semana trágica", immortalized by Osvaldo Bayer in La patagonia rebelde. For the locals, Patagonia is the land where Bairoletto - a gaucho malo, a bandit - was born at the end of the 19th century, and is remembered as a Robin Hood who took from the rich to give to the poor. Also for the locals Patagonia is the place of birth of Ceferino Namuncurá, an indigenous mestizo holy man, whose devotion is shown through shrines all over the region.


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6.11.06

NESTOR GARCIA CANCLINI: NOTICIAS RECIENTES SOBRE HIBRIDACION



Noticias recientes sobre la hibridación
Néstor García Canclini

Universidad Autónoma Metropolitana,
Iztapalapa.México D.F.

¿Cómo saber cuándo cambia una disciplina o un campo del conocimiento? Una manera de responder es: cuando algunos conceptos irrumpen con fuerza, desplazan a otros, exigen crear nuevas nociones o reformulan a las demás. Esto es lo que ha sucedido con el diccionario de los estudios culturales. Aquí quiero discutir en qué sentido puede afirmarse que hibridación es uno de esos términos detonantes.

Voy a tratar de argumentar por qué y de qué modo los estudios sobre hibridación modificaron el modo de hablar sobre identidad, cultura, diferencia, desigualdad, multiculturalidad, y sobre parejas organizadoras de los conflictos en las ciencias sociales: tradición/modernidad, norte/sur, local/global. La primera constatación de la importancia actual de este término es el lugar que ha ganado apenas en una década -los años noventa- en los estudios antropológicos, sociológicos, comunicacionales, de artes y de literatura. Sabemos que había antecedentes previos, incluso lejanos. Podría decirse que la hibridación es tan antigua como los intercambios entre sociedades, y de hecho Plinio el Viejo mencionó la palabra al referirse a los migrantes que llegaban a Roma en su época. Varios historiadores y antropólogos mostraron el papel clave del mestizaje en el Mediterráneo desde los tiempos clásicos de Grecia (Laplantine-Nouss 1997), y otros recurren específicamente al término hibridación para identificar lo que sucedió desde que Europa se expandió hacia América (Bernard 1993; Gruzinski 1999). Mijail Bajtin lo usó para caracterizar la coexistencia, desde el comienzo de la modernidad, de lenguajes cultos y populares.

Pero hay que preguntarse por qué este término prolifera en investigaciones sobre mezclas interculturales de la década más reciente. Se extiende para examinar procesos interétnicos y de descolonización (Bhabha 1994; Young 1995), globalizadores (Hannerz 1997; Harvey, 1996), viajes y cruces de fronteras (Clifford, 1999), entrecruzamientos artísticos, literarios y comunicacionales (de la Campa, 1994; Hall, 1992; Martín Barbero, 1987; Papastergiadis, 1997; Werbner, 1997).

1. Las identidades repensadas desde la hibridación
Hay que comenzar aceptando la discusión de si híbrido es una buena o una mala palabra. No basta que sea muy usada para que la consideremos respetable. Por el contrario, su profuso empleo favorece que se le asignen significados discordantes. Si su traslado de la biología a análisis socioculturales ha sido polémico, la variada utilización en autores de disciplinas diversas no contribuye a que contemos con un concepto unívoco. De ahí que algunos prefieran seguir hablando de sincretismo en cuestiones religiosas, de mestizaje en historia y antropología, de fusión en música. ¿Cuál es la ventaja, para la investigación científica, de recurrir a un término cargado de equivocidad?.

Encaremos, entonces, la discusión epistemológica. Quiero reconocer que ese aspecto fue uno de los más débiles en el libro Culturas híbridas , que publiqué hace diez años. Los debates que hubo sobre esas páginas, y las de algunos autores citados, me permiten ahora trabajar mejor la ubicación conceptual en las ciencias sociales. Por otro lado, conocer el alcance de todas las posibles interacciones entre los comunicantes concretará las relaciones polisémicas (pluralidad de significaciones) de muchas de estas palabras utilizadas en Música para describir aspectos concretos que incluyen diferentes sistemas perceptuales y conceptuales.

Parto de una primera definición: entiendo por hibridación procesos socioculturales en los que estructuras o prácticas discretas, que existían en forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas.

No hay duda de que estas mezclas existen desde hace mucho tiempo, y se han multiplicado espectacularmente durante el siglo XX. Casamientos mestizos. Combinación de ancestros africanos, figuras indígenas y santos católicos en el umbanda brasileño. Melodías étnicas, ligadas a rituales de un grupo, se entrelazan con música clásica y contemporánea, con otras formas producidas por hibridaciones anteriores, como el jazz y la salsa: así se formo la chicha , mezcla de ritmos andinos y caribeños; la reinterpretación jazzística de Mozart hecha por el grupo afrocubano Irakere; las reelaboraciones de melodías inglesas e hindúes efectuadas por los Beatles, Peter Gabriel y otros músicos. Sabemos cuántos artistas exacerban estos cruces y los convierten en ejes conceptuales de sus trabajos. Antoni Muntadas, por ejemplo, tituló Híbridos el conjunto de proyectos exhibidos en 1988 en el Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid.

En esa ocasión insinuó, mediante fotos, los desplazamientos ocurridos entre el antiguo uso de ese edificio como hospital y el que ahora tiene. Otra vez, creó un sitio web, hybridspaces , en el que exploraba contaminaciones entre imágenes arquitectónicas y mediáticas. Gran parte de su producción resulta del cruce multimedia y multicultural. La prensa y la publicidad callejera insertadas en la televisión. Los últimos diez minutos de la programación televisiva de Argentina, Brasil y Estados Unidos mostrados simultaneamente, y seguidos de un plano-secuencia que contrasta la diversidad de la calle en esos países con la homogeneización televisiva.

Pero ¿es posible unificar bajo un solo término experiencias tan heterogéneas? ¿Cuál es la ventaja de designarlas con la palabra híbrido , cuyo origen biológico ha llevado a que algunos autores adviertan sobre el riesgo de traspasar a la sociedad y la cultura la esterilidad que suele asociarse a ese término. Quienes hacen esta crítica recuerdan el ejemplo de la mula (Cornejo Polar, 1997). Aun cuando se encuentra esta objeción en textos recientes, se trata de la prolongación de una creencia del siglo XIX cuando la hibridación era considerada con desconfianza porque se suponía que perjudicaba el desarrollo social. Desde que en 1870 Mendel mostró el enriquecimiento producido por cruces genéticos en botánica abundan las hibridaciones fértiles para aprovechar características de células de plantas diferentes a fin de mejorar su crecimiento, resistencia, calidad, y el valor económico y nutritivo de alimentos derivados de ellas (Olby, 1985; Callender, 1988). La hibridación de café, flores, cereales y otros productos acrecienta la variedad genética de las especies y mejora sus posibilidades de sobrevivencia ante cambios de hábitat o climáticos.

De todas maneras, uno no tiene por qué quedar cautivo en la dinámica biológica de la cual toma un concepto. Las ciencias sociales han importado muchas nociones de otras disciplinas sin que las invaliden las condiciones de uso en la ciencia de origen. Conceptos biológicos como el de reproducción fueron reelaborados para hablar de reproducción social, económica y cultural: el debate efectuado desde Marx hasta nuestros días se establece en relación con la consistencia teórica y el poder explicativo de ese término, no por una dependencia fatal del uso que le asignó otra ciencia. Del mismo modo, las polémicas sobre el empleo metafórico de conceptos económicos para examinar procesos simbólicos, como lo hace Pierre Bourdieu al referirse al capital cultural y los mercados lingüísticos, no tiene que centrarse en la migración de esos términos de una disciplina a otra sino en las operaciones epistemológicas que sitúen su fecundidad explicativa y sus límites en el interior de los discursos culturales: ¿permiten o no entender mejor algo que permanecía inexplicado?..

La construcción linguística (Bajtin, Bhabha) y social (Friedman, Hall, Papastergiadis) del concepto de hibridación ha colaborado para salir de los discursos biologicistas y esencialistas de la identidad, la autenticidad y la pureza cultural. Así como el mestizaje contrarrestó las obsesiones por mantener incontaminada la sangre o las razas en el siglo XIX y en varias etapas del XX, la hibridación aparece hoy como el concepto que permite lecturas abiertas y plurales de las mezclas históricas, y construir proyectos de convivencia despojados de las tendencias a “resolver” conflictos multidimensionales a través de políticas de purificación étnica. Contribuye a identificar y explicar múltiples alianzas fecundas: por ejemplo, del imaginario precolombino con el novohispano de los colonizadores y luego con el de las industrias culturales (Bernand, Gruzinski), de la estética popular con la de los turistas (De Grandis), de las culturas étnicas nacionales con las de las metropolis (Bhabha), y con las instituciones globales (Harvey). Los pocos fragmentos escritos de una historia de las hibridaciones han puesto en evidencia la productividad y el poder innovador de muchas mezclas interculturales.

¿Cómo fusiona la hibridación estructuras o prácticas sociales discretas para generar nuevas estructuras y nuevas prácticas? A veces esto ocurre de modo no planeado, o es resultado imprevisto de procesos migratorios, turísticos o de intercambio económico o comunicacional. Pero a menudo la hibridación surge de la creatividad individual y colectiva. No sólo en las artes, sino en la vida cotidiana y en el desarrollo tecnológico. Se busca reconvertir un patrimonio (una fábrica, una capacitación profesional, un conjunto de saberes y técnicas) para reinsertarlo en nuevas condiciones de producción y mercado. Aclaremos el significado cultural de reconversión: se utiliza este término para explicar las estrategias mediante las cuales un pintor se convierte en diseñador, o las burguesías nacionales adquieren los idiomas y otras competencias necesarias para reinvertir sus capitales económicos y simbólicos en circuitos transnacionales (Bourdieu 1979:155, 175, 354).

También se encuentran estrategias de reconversión económica y simbólica en sectores populares: los migrantes campesinos que adaptan sus saberes para trabajar y consumir en la ciudad, o vinculan sus artesanías con usos modernos para interesar a compradores urbanos; los obreros que reformulan su cultura laboral ante las nuevas tecnologías productivas; los movimientos indígenas que reinsertan sus demandas en la política transnacional o en un discurso ecológico, y aprenden a comunicarlas por radio, televisión e Internet. Por tales razones, sostengo que el objeto de estudio no es la hibridez, sino los procesos de hibridación. El análisis empírico de estos procesos, articulados a estrategias de reconversión, muestra que la hibridación interesa tanto a los sectores hegemónicos como a los populares que quieren apropiarse los beneficios de la modernidad.

Estos procesos incesantes, variados, de hibridación llevan a relativizar la noción de identidad. Cuestionan, incluso, la tendencia antropológica y de un sector de los estudios culturales a considerar las identidades como objeto de investigación. El énfasis en la hibridación no sólo clausura la pretensión de establecer identidades “puras” o “auténticas”. Además, pone en evidencia el riesgo de delimitar identidades locales autocontenidas, o que intenten afirmarse como radicalmente opuestas a la sociedad nacional o la globalización. Cuando se define a una identidad mediante un proceso de abstracción de rasgos (lengua, tradiciones, ciertas conductas estereotipadas) se tiende casi siempre a desprender esas prácticas de la historia de mezclas en que se formaron y a absolutizar prescriptivamente su uso respecto de modos heterodoxos de hablar la lengua, hacer música o interpretar las tradiciones. Se acaba, en suma, obturando la posibilidad de modificar la cultura y la política.

Los estudios sobre narrativas identitarias hechos desde enfoques teóricos que toman en cuenta los procesos de hibridación (Hannerz, Hall) muestran que no es posible hablar de las identidades como si sólo se tratara de un conjunto de rasgos fijos, ni afirmarlas como la esencia de una etnia o una nación. La historia de los movimientos identitarios revela una serie de operaciones de selección de elementos de distintas épocas articulados por los grupos hegemónicos en un relato que les da coherencia, dramaticidad y elocuencia.

Por eso, algunos proponemos desplazar el objeto de estudio de la identidad a la heterogeneidad y la hibridación interculturales (Goldberg 1994). Ya no basta con decir que no hay identidades caracterizables por esencias autocontenidas y ahistóricas, y entenderlas como las maneras en que las comunidades se imaginan y construyen relatos sobre su origen y desarrollo. En un mundo tan fluidamente interconectado, las sedimentaciones identitarias organizadas en conjuntos históricos más o menos estables (etnias, naciones, clases) se reestructuran en medio de conjuntos interétnicos, transclasistas y transnacionales. Las maneras diversas en que los miembros de cada etnia, clase y nación se apropian de los repertorios heterogéneos de bienes y mensajes disponibles en los circuitos trasnacionales genera nuevas formas de segmentación. Estudiar procesos culturales, por esto, más que llevarnos a afirmar identidades autosuficientes, sirve para conocer formas de situarse en medio de la heterogeneidad y entender cómo se producen las hibridaciones. En esta perspectiva, como hace notar Amaryll Chanady, el concepto de hibridación “ no atañe por lo tanto a la simple heterogeneidad cultural / étnica, ni la pluralidad religiosa, ni siquiera las diferencias raciales, sino a la modernización desigual de la sociedad ” (Chanady 1999:277).

2. De la descripción a la explicación
Al cambiar la jerarquía de los conceptos de identidad y heterogeneidad en beneficio de hibridación, quitamos soporte a las políticas de homogeneización fundamentalista o simple reconocimiento (segregado) de “la pluralidad de culturas”. Cabe preguntar, entonces, a dónde conduce la hibridación, si sirve para reformular la investigación intercultural y el diseño de políticas culturales transnacionales y transétnicas, quizá globales.

Una dificultad para cumplir estos propósitos es que los estudios sobre hibridación suelen limitarse a describir mezclas interculturales. Apenas comenzamos a avanzar, como parte de la reconstrucción sociocultural del concepto, para darle poder explicativo : estudiar los procesos de hibridación situándolos en relaciones estructurales de causalidad. Y darle capacidad hermenéutica : volverlo útil para interpretar las relaciones de sentido que se reconstruyen en las mezclas.

Si queremos ir más allá de liberar al análisis cultural de sus tropismos fundamentalistas identitarios, debemos situar a la hibridación en otra red de conceptos: por ejemplo, contradicción, mestizaje, sincretismo, transculturación y creolización. También es necesario verlo en medio de las ambivalencias de la industrialización y masificación globalizada de los procesos simbólicos.
Otra de las objeciones formuladas al concepto de hibridación es que puede sugerir fácil integración y fusión de culturas, sin dar suficiente peso a las contradicciones y a lo que no se deja hibridar. La afortunada observación de Dnina Werbner de que el cosmopolitismo, al hibridarnos, nos forma como “gourmets multiculturales”, se mueve en esta dirección. Antonio Cornejo Polar ha señalado en varios autores que nos ocupamos de este tema la “impresionante lista de productos híbridos fecundos”, y “el tono celebrativo” con que hablamos de la hibridación como armonización de mundos “desgajados y beligerantes” (Cornejo Polar 1997).

Es posible que la polémica contra el purismo y el tradicionalismo folclóricos nos haya llevado a privilegiar los casos prósperos e innovadores de hibridación. Sin embargo, en la última década se ha hecho bastante para reconocer el carácter contradictorio de los procesos de mezcla intercultural al pasar del simple carácter descriptivo de la noción de hibridación -como fusión de estructuras discretas- a elaborarla como recurso para explicar en qué casos las mezclas pueden ser productivas y cuándo los conflictos siguen operando debido a lo que permanece incompatible o inconciliable en la prácticas reunidas. El mismo Cornejo Polar ha contribuido a este avance cuando dice que, así como se “entra y sale de la modernidad”, también se podría entender de modo histórico las variaciones y conflictos de la metáfora que nos ocupa si habláramos de “entrar y salir de la hibridez” (Cornejo Polar 1997).

Agradezco a este autor la sugerencia de aplicar a la hibridación este movimiento de tránsito y provisionalidad que en el libro Culturas híbridas coloqué, desde el subtítulo, como necesario para entender las estrategias de entrada y salida de la modernidad. Si hablamos de la hibridación como un proceso al que se puede acceder y que se puede abandonar, del cual se puede ser excluido o al que pueden subordinarnos, es posible entender mejor cómo los sujetos se comportan respecto de lo que las relaciones interculturales les permiten armonizar y de lo que les resulta inconciliable. Así se puede trabajar los procesos de hibridación en relación con la desigualdad entre las culturas, con las posibilidades de apropiarse de varias a la vez en clases y grupos diferentes, y por tanto respecto de las asimetrías del poder y el prestigio. Cornejo Polar sólo insinuó esta dirección de análisis en ese ensayo póstumo, pero encuentro un complemento para expandir esa intuición en un texto que él escribió poco antes: Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno .

En este artículo, ante las tendencias a celebrar las migraciones, su potencial desterritorializador y productor de mestizajes, recordó que el migrante “ no siempre está especialmente dispuesto a sintetizar las distintas estancias de su itinerario, aunque -como es claro- le sea imposible mantenerlas encapsuladas y sin comunicación entre sí ”. Con ejemplos de José María Arguedas, Juan Biondi y Eduardo Zapata, mostró que en muchos casos la oscilación entre la identidad de origen y la de destino lleva al migrante a “ hablar con espontaneidad desde varios lugares”, sin mezclarlos, como provinciano y como limeño, como hablante de quechua y de español. En ocasiones, decía, se pasa metonímica o metafóricamente elementos de un discurso a otro. En otros casos, el sujeto acepta descentrarse de su historia y desempeña varios papeles “ incompatibles y contradictorios de un modo no dialéctico: el allá y el aquí, que son también el ayer y el hoy, refuerzan su aptitud enunciativa y pueden tramar narrativas bifrontes y -hasta si se quiere, exagerando las cosas- esquizofrénicas” (Cornejo Polar 1996:841).

En las actuales condiciones de globalización, encuentro cada vez mayores razones para emplear los conceptos de mestizaje e hibridación. Pero la intensificación de la interculturalidad migratoria, económica y mediática muestra, como dicen Francois Laplantine y Alexis Nouss que no hay sólo “ la fusión, la cohesión, la ósmosis, sino la confrontación y el diálogo” . Y que en nuestro tiempo de interculturalidad, en el que “ las decepciones de las promesas del universalismo abstracto han conducido a las crispaciones particularistas” (Laplantine-Nouss 1997:14), el pensamiento y las prácticas mestizas son recursos para reconocer lo distinto y trabajar democráticamente las tensiones de las diferencias. La hibridación, como proceso de intersección y transacciones, es lo que hace posible que la multiculturalidad evite lo que tiene de segregación y pueda convertirse en interculturalidad. Las políticas de hibridación pueden servir para trabajar democráticamente con las diferencias, para que la historia no se reduzca a guerras entre culturas, como imagina Samuel Huntington. Podemos elegir vivir en estado de guerra o en estado de hibridación.

Es útil que se advierta sobre las versiones demasiado amables del mestizaje. Por eso, conviene insistir en que el objeto de estudio no es la hibridez, sino los procesos de hibridación. Así puede reconocerse lo que contienen de desgarramiento y lo que no llega a ser fusionado. Una teoría no ingenua de la hibridación es inseparable de una conciencia crítica de sus límites, de lo que no se deja o no quiere o no puede ser hibridado. Vemos entonces la hibridación como algo a lo que se puede llegar, de lo que es posible salir y en la que estar implica hacerse cargo de lo in-soluble, lo que nunca resuelve del todo que somos al mismo tiempo otros y con los otros.

3. La hibridación y su familia de conceptos
A esta altura hay que decir que el concepto de hibridación es útil en algunas investigaciones para abarcar conjuntamente mezclas interculturales que suelen llevar nombres diferentes: las fusiones raciales o étnicas denominadas mestizaje , el sincretismo de creencias, y también otras mezclas modernas (entre lo artesanal y lo individual, lo culto y lo popular, lo escrito y lo visual en los mensajes mediáticos), que no pueden ser designadas con los nombres de las fusiones clásicas, como mestizas o sincréticas. Sin embargo, sigue siendo conveniente emplear estos vocablos para denominar el aspecto específico de ciertas hibridaciones, sus periodos históricos e identificar sus contradicciones propias.

La mezcla de colonizadores españoles y portugueses, luego ingleses y franceses, con indígenas americanos, a lo cual se añadieron los esclavos trasladados desde África, volvió al mestizaje un proceso fundacional en las sociedades del llamado nuevo mundo. En la actualidad menos del 10 por ciento de la población de América Latina es indígena (el porcentaje es menor en Estados Unidos y Canadá). La presencia de lo indígena es mayor demográficamente en Bolivia, Perú, Ecuador y Guatemala, y tiene enorme fuerza en esos países y en otros, como Colombia y México, donde mantiene influencia en el patrimonio tangible e intangible actual, e incluso crece gracias a movimientos de re-etnización de las relaciones sociales. Por tanto, la composición de todas las Américas requiere la noción de mestizaje, tanto en el sentido biológico -producción de fenotipos a partir de cruzamientos genéticos- como cultural: mezcla de hábitos, creencias y formas de pensamiento europeos con los originarios de las sociedades americanas. Pero ese concepto es insuficiente para nombrar y explicar las formas más modernas de interculturalidad.

Durante mucho tiempo se estudiaron más los aspectos fisiognómicos y cromáticos del mestizaje. El color de la piel y los rasgos físicos siguen siendo decisivos para la construcción ideológica de la subordinación, para discriminar a indios, negros o mujeres. Sin embargo, en las ciencias sociales y en el pensamiento político democrático el mestizaje se centra actualmente en la dimensión cultural de las combinaciones identitarias. En la antropología, en los estudios y en las políticas culturales la cuestión se plantea como el diseño de formas de convivencia multicultural moderna, aunque estén condicionadas por el mestizaje biológico.

Algo semejante ocurre con el pasaje de las mezclas religiosas a fusiones más complejas de creencias En cierto modo, sigue siendo pertinente hablar de sincretismo para referirse a la combinación de prácticas religiosas. Pero la intensificación de las migraciones y la difusión transcontinental de creencias y rituales en el último siglo acentuó estas hibridaciones y aumentó la tolerancia hacia ellas. Al punto de que en países como Brasil, Cuba, Haití y Estados Unidos se volvió frecuente la doble o triple pertenencia religiosa, por ejemplo ser católico y participar en un culto afroamericano o una ceremonia new age . Si consideramos el sincretismo en sentido más amplio, como la adhesión simultánea a sistemas diversos de creencias, no sólo religiosas, el fenómeno se expande notoriamente, sobre todo en las multitudes que recurren para ciertas enfermedades a medicinas indígenas u orientales, para otras a la medicina alopática, o a rituales católicos o pentecostales. El uso sincrético de estos recursos para la salud suele ir junto con fusiones musicales y de sistemas de organización social multiculturales, como ocurre en la santería cubana, el vudú haitiano y el candomblé brasileño (Rowe-Schelling, 1991).

Se ha propuesto el término transculturación para designar estas mezclas. Fernando Ortíz lo inauguró en su estudio antropológico sobre el contrapunteo del tabaco y el azúcar en Cuba. Angel Rama desarrolló esa noción en su análisis de las redes intertextuales de vanguardias y regionalismo en la literatura latinoamericana. Son aportes que reconocieron en sus campos específicos lo que transita entre culturas, con lo cual superaron la simplicidad unidireccional de la noción de aculturación. No avanzaron mucho en la comprensión de cómo la transculturación engendra nuevos productos, ni cómo se articulan varias lógicas de hibridación.

La palabra creolización también ha servido para referirse a las mezclas interculturales. En sentido estricto, designa la lengua y la cultura creadas por variaciones a partir de la lengua básica y otros idiomas en el contexto del tráfico de esclavos. Se aplica a las mezclas que el francés ha tenido en América y el Caribe (Luisiana, Haití, Guadalupe, Martinica) y en el océano Indico (Reunión, la isla Mauricio), o el portugués en Africa (Guinea, Cabo Verde), en el Caribe (Curazao) y Asia (India, Sri Lanka). Pero en tanto presenta tensiones paradigmáticas entre oralidad y escritura, sectores cultos y populares, centro y periferia, en un continuum de diversidad, Ulf Hannerz sugiere extender su uso en el ámbito transnacional para denominar “ procesos de confluencia cultural caracterizados por la desigualdad de poder, prestigio y recursos materiales” (Hannerz 1997). Si bien no es el único autor que marca la desigualdad y discontinuidad existente en las hibridaciones, su énfasis en que los flujos crecientes entre centro y periferia deben ser examinados junto con las asimetrías entre los mercados, los Estados y los niveles educativos ayuda a evitar el riesgo de ver el mestizaje como simple homogeneización y reconciliación intercultural.

Estos términos -mestizaje, sincretismo, transculturación, creolización- siguen usándose en buena parte de la bibliografía antropológica y etnohistórica para especificar formas particulares de hibridación más o menos tradicionales. Pero ¿cómo designar las fusiones entre culturas barriales y mediáticas, entre estilos de consumo de generaciones diferentes, entre músicas locales y transnacionales, que ocurren en las fronteras y en las grandes ciudades (no sólo allí)? La palabra hibridación aparece más dúctil para nombrar esas mezclas en las que no sólo se combinan elementos étnicos o religiosos, sino que se intersectan con productos de las tecnologías avanzadas y procesos sociales modernos o posmodernos.
Destaco las fronteras entre países y las grandes ciudades como contextos que condicionan los formatos, estilos y contradicciones específicos de la hibridación. Las fronteras rígidas establecidas por los Estados modernos se volvieron porosas. Pocas culturas pueden ser ahora descritas como unidades estables, con límites precisos basados en la ocupación de un territorio acotado. Pero esta multiplicación de oportunidades para hibridarse no implica indeterminación, ni libertad irrestricta.


La hibridación ocurre en condiciones históricas y sociales específicas, en medio de sistemas de producción y consumo, que a veces operan como coacciones, según puede apreciarse en la vida de muchos migrantes. Otra de las entidades sociales que auspician pero también condicionan la hibridación son las ciudades. Las megalópolis multilingües y multiculturales, por ejemplo Londres, Berlín, Nueva York, Los Angeles, Buenos Aires, Sao Paulo, México y Honk Kong son estudiadas como centros donde la hibridación fomenta mayores conflictos y mayor creatividad cultural (Appadurai, Hannerz).

Por último, quiero señalar de qué modo la globalización acentúa estas tendencias de la modernidad al crear mercados mundiales de bienes materiales y dinero, mensajes y migrantes. Los flujos e interacciones que ocurren en estos procesos han debilitado las fronteras y aduanas, la autonomía de las tradiciones locales, y propician más formas de hibridación productiva, comercial, comunicacional y en los estilos de consumo que en el pasado. A las modalidades clásicas de hibridación, derivadas de migraciones y viajes, de las políticas de integración educativa impulsadas por los Estados nacionales, se agregan las mezclas generadas por las industrias culturales.

Al estudiar los movimientos recientes de la globalización advertimos que ésta no sólo integra y genera mestizajes; también segrega, produce nuevas desigualdades y estimula reacciones diferencialistas (Appadurai 1996; Beck 1997; Hannerz 1996).Los impulsos dados por la globalización a las hibridaciones deben examinarse junto con las reacciones y alianzas identitarias (los latinos o los árabes en Estados Unidos o en Europa). A veces, se aprovecha la globalización empresarial y del consumo para afirmar particularidades étnicas o regiones culturales, como ocurre con la música latina en la actualidad (Ochoa, Yúdice). Algunos actores sociales encuentran en estas alianzas recursos para resistir o modificar la globalización y replantear las condiciones de hibridación.

La teoría de la hibridación debe tomar en cuenta que no sólo los fundamentalismos se oponen al sincretismo religioso y al mestizaje intercultural. Existe una resistencia extendida a aceptar estas y otras formas de hibridación, porque generan inseguridad en las culturas y conspiran contra su autoestima etnocentrista. También es desafiante para el pensamiento moderno de tipo analítico, acostumbrado a separar binariamente lo civilizado de lo salvaje, lo nacional de lo extranjero. Este esquematismo deja afuera frecuentes modos actuales de compartir culturas, por ejemplo, gente que es brasileña por nacionalidad, portuguesa por la lengua, rusa o japonesa por el origen, y católica o afroamericana por la religión. Un mundo en creciente movimiento de hibridación requiere ser pensado no como un conjunto de unidades compactas, homogéneas y radicalmente distintas sino como intersecciones, transiciones y transacciones.

4. Contrapunto y traducciones
Para terminar destaco dos nociones -una de la música, otra de la literatura- que los estudios culturales retoman a fin de caracterizar la utilidad y los desafíos que hoy presenta la hibridación si se quiere teorizar en las sociedades complejas.

Así como las fronteras y las ciudades dan contextos peculiares para hibridarse, los exilios y las migraciones son considerados fecundos para que ocurran estas mezclas. Explica Eduard Said:

Considerar ´el mundo entero como una tierra extranjera´ posibilita una originalidad en la visión. La mayoría de la gente es consciente sobre todo de una cultura, un ambiente, un hogar; los exiliados son conscientes de por lo menos dos, y esta pluralidad de visión da lugar a una consciencia que -para utilizar una expresión de la música- es contrapuntística...Para un exiliado, los hábitos de vida, expresión o actividad en el nuevo ambiente ocurren inevitablemente en contraste con un recuerdo de cosas en otro ambiente. De este modo, tanto el nuevo ambiente como el anterior son vívidos, reales, y se dan juntos en un contrapunto.

James Clifford, al comentar este párrafo de Said, sostiene que los discursos diaspóricos y de hibridación nos permiten pensar la vida contemporánea “ como una modernidad de contrapunto ” (Clifford 1999:313). ¿Qué hacer con tantas palabras para designar los procesos de interculturalidad? En otro lugar del mismo libro, Itinerarios transculturales , Clifford se pregunta si la noción de viaje es más adecuada que otras usadas en el pensamiento posmoderno:

desplazamiento, nomadismo, peregrinaje. Además de señalar las limitaciones de estos últimos términos, propone viaje como término de traducción entre los demás, o sea “ una palabra de aplicación aparentemente general, utilizada para la comparación de un modo estratégico y contingente” . Todos los términos de traducción, aclara, “ nos llevan durante un trecho y luego se desmoronan. Traduttore, tradittore. En el tipo de traducción que más me interesa uno aprende mucho sobre los pueblos, las culturas, las historias distintas a la propia, lo suficiente para empezar a percibir lo que uno se está perdiendo ” (Clifford 1999:56).

Veo atractivo tratar la hibridación como un término de traducción entre mestizaje, sincretismo, fusión y los otros vocablos empleados para designar mezclas particulares. Tal vez la cuestión decisiva no sea convenir cuál de esos conceptos es más abarcador y fecundo, sino cómo seguir construyendo principios teóricos y procedimientos metodológicos que nos ayuden a volver este mundo más traducible, o sea convivible en medio de sus diferencias, y a aceptar a la vez lo que cada uno gana y está perdiendo al hibridarse. Encuentro en un poema de Ferreira Gullar, musicalizado por Raymundo Fagner en un disco donde canta algunas canciones en portugués y otras en español, hibridando su voz y su lengua de origen con las de Mercedes Sosa y Joan Manuel Serrat, una manera excelente de decir estos dilemas. El disco se llama, como el poema de Gullar, Traduzirse :

Uma parte de mim é todo mundo
Outra parte é ninguén, fundo sem fundo
Uma parte de mim é multidäo
Outra parte estranheza é solidäo
Uma parte de mim pesa, pondera
Outra parte deliraUma parte de mim almoca e janta
Outra parte se espantaUma parte de mim é permanente
Outra parte se sabe de repenteUma parte de mim é só vertigem
Outra parte linguagem
Traduzir uma parte na outra parte

Que é uma questao de vida e morte¿ Sera arte?

Vincular la pregunta por lo que hoy puede ser el arte a las tareas de traducción de lo que dentro de nosotros y entre nosotros permanece desgajado, beligerante o incomprensible, o quizá llegue a hibridarse, puede liberar a las prácticas musicales, literarias y mediáticas de la misión “folclórica” de representar una sola identidad. La estética se desentiende de los intentos de los siglos XIX y XX de convertirla en pedagogía patriótica.

Debo decir, en seguida, que otra amenaza reemplaza en estos días a aquel destino folclorizante o nacionalista. Es la que trae la seducción del mercado globalizante: reducir el arte a discurso de reconciliación planetaria. Las versiones estandarizadas de las películas y las músicas del mundo, del “estilo internacional” en las artes visuales y la literatura, suspenden a veces la tensión entre lo que se comunica y lo desgarrado, entre lo que se globaliza y lo que insiste en la diferencia, o es expulsado a los márgenes de la mundialización. Una visión simplificada de la hibridación, como la propicia la domesticación mercantil del arte, está facilitando vender más discos y películas y programas televisivos en otras regiones. Pero la ecualización de las diferencias, la simulación de que se desvanecen las asimetrías entre centros y periferias, vuelve difícil que el arte -y la cultura- sean lugares donde también se nombre lo que no se puede o no se deja hibridar.

La primera condición para distinguir las oportunidades y los límites de la hibridación es no hacer del arte un recurso para el realismo mágico de la comprensión universal. Se trata, más bien, de colocarlo en el campo inestable, conflictivo, de la traducción y la traición. Al preguntarnos qué es posible o no hibridar estamos repensando lo que nos une y nos distancia de esta desgarrada e hipercomunicada vida. Las búsquedas artísticas son claves en esta tarea si logran a la vez ser lenguaje y ser vértigo.

Referencias Bibliográficas
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Texto presentado como conferencia del profesor invitado en el VI Congreso de la SibE, celebrado en Faro en julio de 2000.

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29.10.06

NOAM CHOMSKY: EXPOSICION ESCRITA DICTADA EN LA UNIV. DE SAN MARCOS, LIMA, PERU




Exposición escrita de Noam Chomsky en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú, el 26.10.2006:

“514 años después el imperio tambalea”

Por Noam Chomsky

Entre las fechas que han marcado el rumbo la historia está sin duda el año de 1492, en
que sucedieron hechos, tanto asombrosos como atroces. Como todos sabemos, los
viajes de Colón abrieron el camino para la conquista europea en el hemisferio
occidental, es decir Latinoamérica, con las consecuencias terribles para la población
americana y luego para los africanos que fueron traídos aquí. Fue Vasco da Gama quien
abrió el camino hacia África y Asia, como ha citado Adam Smith.

Fue también en 1492, cuando los conquistadores católicos, con toda su influencia
bárbara, en que arrasaron con una de las civilizaciones más avanzadas y tolerantes de la
historia europea: España morisca. La conquista de gran parte del mundo forzó a que los
árabes y los judíos sean expulsados de gran parte del territorio, y destruyeron los textos
clásicos que hasta entonces se había creado.

La conquista del mundo por parte de Europa y sus vástagos, entre ellos los Estados
Unidos, ha sido el tema principal del mundo desde entonces, aunque hay desafíos que
deben de enfrentar. Las principales razones de su éxito militar fueron las siguientes:
primero, la suciedad de los europeos causó epidemias que diezmó a las poblaciones más
saludables del hemisferio occidental. Además, gracias a la superioridad militar -y no
por cualquier ventaja moral, social o natural- es que las personas blancas han podido
crear y controlar, aunque brevemente, la primera hegemonía global de la historia. Desde
América hasta el sudeste asiático, las poblaciones se vieron sorprendidas por el
salvajismo de los europeos, su furia destructora y su armamento. Las latinoamericanas
eran sociedades pacíficas que desconocían los niveles de salvajismo de los europeos. No
es una cuestión de tecnología, sino del estado del espíritu.

Hoy en día, esta brecha entre norte y sur fue creada por la conquista global. Tanto
intelectuales como científicos recién están descubriendo estos informes que habían sido
dejados de lado por el gobierno imperial. Recién están descubriendo que al momento de
la conquista y antes, el hemisferio occidental era donde se encontraban las
civilizaciones más avanzadas. Los países más pobres de hoy en día, como el este de
Bolivia, fue uno de los lugares más sofisticados y complejos, con una red ecológica sin
igual, con calzadas y canales, con extraordinaria riqueza, con muchas piezas de arte,
perteneciente a uno de los imperios más grandes de la época, quizás a escala, mucho
más grande que el imperio chino u otomano e incluso el ruso. Tanto los Andes como
Mesopotamia fueron centros de las civilizaciones más avanzadas, con logros tanto en
la agricultura, la organización social y en las artes.

En el otro lado del mundo, tanto la India como la China fueron los centros comerciales e
industriales más importantes del mundo, mucho más avanzados que Europa, en temas
como la salud pública, la sofisticación y tamaño de sistemas de mercado y comercio.
La esperanza de vida de Japón era mucho más alta que en Europa. Inglaterra tomó
prestado de la India lo que ahora se llama piratería: sus técnicas y métodos.

Actualmente, la piratería está por encima de cualquier tratado de libre comercio y ésta
no es sino otra fase de cinismo de los estados ricos. Los historiadores de economía lo
denominan patear la escalera del progreso: En los Estados Unidos se usa todo lo
posible para desarrollarse y se le niega el saber al resto. Estados Unidos también confió
en el uso de la piratería y proteccionismo.

Inglaterra practicó la piratería cometiendo los más atroces crímenes contra la
humanidad durante la ocupación de sus colonias. Los botines que llevó Sir Francis
Drake pueden ser considerados la fuente original de las inversiones extranjeras en la
Gran Bretaña. Inglaterra finalmente adoptó la forma del liberalismo en 1846. 150 años
de proteccionismo e intervención estatal le dieron una enorme ventaja comparativa. Para
esto, destruyó la manufactura de punta hindú por medio de altas tarifas arancelarias y el
uso directo de la fuerza.

Estados Unidos adoptó la misma política económica y comercial. Para ese entonces,
retenía mitad de la riqueza del mundo. Luego de la segunda guerra mundial se vieron
dañadas severamente sus redes industriales y los compromisos de libre comercio
estaban restringidos. Por ejemplo, la India permaneció siendo un protectorado británico
mientras que los ingleses construían la red de narcotráfico más grande de la historia: la
conquista de la India se llevó a cabo, en gran parte, para monopolizar la producción del
opio, donde los comerciantes yankees tuvieron su tajada. El monopolio del opio
posibilitó a Gran Bretaña convertir a China en un país de adictos y entrar en el mercado
chino, al cual no había podido acceder porque los chinos solamente compraban sus
propios productos por considerarlos superiores.

Asimismo, la adicción al opio pagó el costo del dominio imperial, pagó los costos
administrativos de la India y quedó suficiente para comprar algodón norteamericano,
que fue el combustible de la revolución industrial y fue posible gracias a la sistemática
violación de los principios del mercado: conquista, exterminio y esclavitud. Esto ha sido
ignorado por varios historiadores.

Estados Unidos hizo lo mismo: sus actuales compromisos con tratados de libre
comercio son bastante restringidos. Esto está en la discusión de comercio: la economía
norteamericana vende al dinámico sector estatal sustentada en la economía de posguerra
basada en electrónica de alta tecnología. A decir verdad, esto sucede también con otras
sociedades desarrolladas. En general, con una amplia intervención estatal y con
violencia una doméstica que caía en la barbarie (en las regiones conquistadas), Europa y
sus vástagos se convirtieron en sociedades ricas e industrializadas, tanto que las
regiones conquistadas fueron sujetas a la disciplina del mercado y se convirtieron en el
Tercer Mundo, es decir, el sur.

Los efectos son sorprendentemente dramáticos. Por ejemplo, por mencionar al país más
pobre del hemisferio occidental, Haití, fue la colonia más rica del sur, fuente de la
riqueza francesa. El primer país independiente de Latinoamérica (1804), veinte años
después de que la nación más poderosa del mundo, Estados Unidos, se liberara de
Inglaterra. Los haitianos tuvieron que pagar un alto precio por su liberación: Estados
Unidos rechazó la independencia haitiana en 1862, del mismo modo como rechazó la
independencia de Liberia, porque los esclavos estaban siendo liberados y había mucha
preocupación por mantener un país libre de ciudadanos no blancos. Del mismo modo,
Francia, le impuso una fuerte deuda para poder liberarse de su yugo. Hace unos años el
ex presidente haitiano Aristide, preguntó diplomáticamente si el tiempo no había
calmado los efectos de la guerra para recortar el castigo. Francia se enfureció y se aunó
a los Estados Unidos para derrocar al gobierno democrático de Aristide e instaurar un
reino de terror a la sufrida sociedad haitiana.

Al otro lado del mundo, los conquistadores británicos estaban asombrados del bienestar
y alto nivel de sofisticación de la cultura de la civilización bengalí, estaban
sorprendidos de lo que encontraron. Describieron el centro textil de Dakka tan extenso,
populoso y rico como la ciudad de Londres. Luego de un siglo de ocupación británica,
la población disminuyó de 150 mil a 30 mil personas, regresó la ley de la jungla y la
malaria. Adam Smith escribió que cientos de miles de bengalíes morían debido a que
los conquistadores británicos obligaban a los campesinos a reemplazar sus ricos
cultivos de arroz y otros granos por cultivos de opio. En las palabras de los
conquistadores británicos, la miseria encuentra un lugar en la historia del comercio. Los
huesos de los tejedores de algodón tiñen las planicies de la India. La producción del
fino algodón se extinguió, fue trasladada a Inglaterra y Bangladesh se convirtió, como
Haití, en símbolo de la miseria humana.

Así la historia continua con pocas excepciones. El único caso que se salvó fue Japón. Es
el único país del sur que se ha desarrollado e industrializado. Adam Smith escribe que la
sociedad se desarrolló de otra manera en las sociedades conquistadoras e
industrializadas y continúa hasta hoy. El imperio en forma de lucha de clases interna ya
había sido comprendida por Adam Smith hace 130 años atrás: Los grandes
comerciantes y productores ingleses fueron los principales arquitectos de las políticas de
estado que se aseguran de resguardar sus propios intereses sin importar los efectos
perjudiciales para el resto de la población, incluyendo a la de su propio país.

Smith formuló un principio más auténtico acerca de la teoría de las relaciones
internacionales, junto con otra máxima, que dice que los poderosos hacen lo que quieren y
los débiles sufren porque deben. Estos principios ilustran lo que se debería de hacer
para vivir en una sociedad más decente.

Otro principio es que aquellos que tengan el garrote pueden hacer su trabajo
eficientemente con el beneficio de la ceguera autoinducida que incluye la amnesia
histórica sobre las consecuencias de sus acciones. Para mencionar un ejemplo, una
versión convencional de la era de Colón, luego de 500 años, era que los europeos
llegaron a un lugar vacío (América) y la llegada de los europeos era la creación de la
civilización (texto de un típico texto escolar norteamericano). Según los estudiosos de la
diplomacia norteamericana, las 13 colonias, luego de liberarse del dominio inglés,
debían derribar árboles y sacar a los indios de sus fronteras naturales. “Es necesario
retirar a estas bestias (lobos e indios) a las Montañas Stone” (Tomás Jefferson). Estas
frases no tenían tanta importancia años atrás, pero en nuestros tiempos sería condenada
por ser racista y vulgar y ello es uno de los tantos indicadores del éxito del activismo
político de los sesenta de las sociedades occidentales, sin embargo aún falta mucho por
hacer.

La amnesia histórica se relaciona con la guerra eminente y preferente de la doctrina de
Bush. Esta tesis proviene del historiador prominente Jhon F. Cadiz: la expansión es el
camino a la seguridad. Cadiz rastrea esta doctrina: estos ideales “nobles” provienen de
Quincy Adams (6° presidente de los Estados Unidos) y Woodrow Wilson (28°
presidente de los Estados Unidos). Adams, firmó estos ideales tras la invasión a Florida
contra los esclavos libertos y los indios y la justificó con el pretexto de que estos
“renegados” estaban atentando contra seguridad nacional norteamericana. En realidad,
Adams veía en estos pobladores un obstáculo para conquistar Cuba y Canadá.

Esto también se aplicó en Canadá, por medios contemporáneos de subyugación. Se
puede concluir, por comentarios hechos por prominentes historiadores, que ha habido
500 años de salvajismo y se ha comprendido que derribar árboles e indios no era tan
importante y que seguramente en estos tiempos esto sería condenado,
La conquista de Florida en 1818 fue la primera gran violación a la constitución, lo que
ahora se ha establecido como una rutina. Años después, luego de haberse retirado,
Adam Smith reconoció sus crímenes y se avergonzó de haber colaborado con la
destrucción d la raza norteamericana. Sin embargo, sus palabras han prevalecido.

El actual presidente, George Bush, cuando dijo a los ciudadanos que deben de estar
preparados para una acción militar inminente para defender la libertad, hace eco de una
retórica antigua. La doctrina Clinton, por ejemplo, defendía que los Estados Unidos
tenía derecho de recurrir al uso colateral del poder militar para acceder a mercados que
le suministren recursos energéticos y otros recursos naturales.

Estos arquitectos de la política se preocupan de su propia seguridad, mas no de la
seguridad de la población. En un principio, estos arquitectos eran los comerciantes, hoy
en día son las megacorporaciones, trasnacionales creadas y respaldadas por los estados
que ellas controlan.

La seguridad hoy en día tiene que ver con dos amenazas: la guerra nuclear y la
catástrofe ambiental, ambos temas sobredimensionados para su propia conveniencia.
No porque ellos quieran la destrucción d la especie, sino porque hay otras altas
prioridades, como la ganancia a corto plazo y el poder. También la amenaza terrorista se
puede construir dentro de esta política. El caso de Irak es un ejemplo relevante. La
amenaza terrorista, más allá de lo que en realidad representa, ha sido una excusa para
que Estados Unidos controle los suministros energéticos y Washington tenga el poder
disuasivo frente a sus rivales industriales.

Esto está también relacionado con la destrucción del Líbano por parte de Israel y
Norteamérica, con el mismo pretexto que no ha merecido en ningún momento una
investigación exhaustiva. Todos coinciden en señalar que ello va a crear una nueva
generación de terroristas inspirados en el odio a los Estados Unidos, una nueva
generación de jihads,

La administración de Bush permitió una comisión para investigar las mejores medidas
de seguridad luego del 11 de setiembre. Pero las recomendaciones expuestas por esta
comisión fueron ignoradas. Un ejemplo, es que la comisión reconoció la importancia de
implementar seguridad en la frontera canadiense. La respuesta de la administración
Bush fue trasladar a agentes de seguridad a la frontera mexicana, que ocultaba la
respuesta de los Estados Unidos luego del Tratado de Libre Comercio, en 1994,
(NAFTA) con ese país, previendo que los campesinos empobrecidos buscarían huir al
norte. Por ello, la frontera debía de ser militarizada.

Este esquema ilustra los mecanismos que han sido utilizados por las potencias
económicas para llegar a este sistema de dominación que hoy se llama globalización.
En un sentido liberal, globalización implica integración internacional, personas que se
unen al mundo, que viajan desde todos lados y trabajan juntos para desarrollar formas
de integración mundial en los ámbitos económico, cultural y político y que sí se
interesan por las personas del mundo, por las personas reales, de carne y hueso. En el
sistema doctrinal, el término técnico se usa como integración económica que sirve a los
intereses de los inversionistas e instituciones extranjeras que concentran el poder
privado y el estado.

El control de Latinoamérica fue el primer objetivo norteamericano, no solamente por los
mercados sino por una visión estratégica: si era capaz de controlar Latinoamérica, lo
podía hacer con el resto del mundo y eso está citado en documentación confidencial. No
obstante, los métodos tradicionales de control están perdiendo eficacia, la región se está
apartando de la influencia norteamericana, tal como lo vienen demostrando Venezuela y
Argentina, y el poder de China en Asia occidental y medio oriente está creciendo. Pero,
en América Latina, a diferencia del sudeste asiático, los grandes inversionistas
provienen de los países imperialistas o dominadores.

Existen, sin embargo, grupos y organizaciones que sí se interesan por la gente, por las
personas y cada vez tienen mayor acogida. Grupos mal llamados “antiglobalizadores”,
porque ellos sí se preocupan por una verdadera globalización donde las personas
importen más que los inversionistas. Son grupos que no niegan el progreso, pero que
buscan utilizarlo como oportunidades de promesa para un mejor futuro.-

16.9.06

Propuesta: OLVIDAR EL OLVIDO / Bernado Vega


Bernardo Vega

El genocidio cometido contra miles de dominicanos por el ejército de J.J. Dessalines en 1805 ha sido prácticamente un tema tabú, pero que ha sido traído a la luz pública en los últimos dos años por la revista Vetas. A ello obedece la reacción del historiador Bernardo Vega, y en atención al gran interés del asunto insertamos su artículo en estas páginas.


PROPUESTA:
Olvidar el olvido

Por Bernardo Vega
Historiador y economista dominicano

Preval solicitaría perdón por los genocidios en Santiago y Moca de principios del siglo diecinueve y Fernández haría lo mismo por la masacre de fines de 1937.

En España, al desaparecer Francisco Franco, las fuerzas políticas, incluyendo los socialistas y comunistas, acordaron una transición en la que no se tomarían represalias contra los franquistas culpables de crímenes. Para ese fin se pasó una ley de amnistía que fue un verdadero pacto del silencio.

Pero ahora ha surgido una nueva generación compuesta por jóvenes que insisten en que España tiene que recuperar su memoria histórica. Debe olvidar el olvido. Sus miembros se han puesto a excavar y han encontrado las osamentas de sus abuelos asesinados durante la guerra civil y el régimen de Franco.

Con cierto paralelismo, en Alemania, uno de los terrenos más caros del centro de Berlín ha sido utilizado para construir allí un imponente pero sobrio monumento a la memoria de los judíos asesinados por los propios alemanes.

Debo admitir que me emocioné al visitarlo. Es otro esfuerzo para olvidar el olvido, para mantener viva la memoria histórica y en este caso de una forma extremamente dramática.

En nuestro país, entre finales de 1961 y hasta 1964, se trató de someter a la justicia a los responsables de los crímenes ordenados por Trujillo y hasta se logró extraditar a un par de ellos.

Pero después vinieron los gobiernos de Balaguer, siempre cortesano y luego presidente durante los años de Trujillo, y éste logró su propio pacto del silencio. Donde estaba el terrible centro de torturas de La Cuarenta, construyó una iglesia, por ejemplo. Luego vinieron los libros que decían que Trujillo no era tan malo.

A pesar de eso las encuestas evidencian que mientras en 1983 un 46% de los adultos consideraban que el gobierno de Trujillo fue malo, ya para el 2006 esa proporción ha subido a un 68% y tan sólo un 23% considera que fue un buen gobierno. Existe un paralelismo entre los gobiernos de Balaguer y el de José María Aznar, hijo de un alto funcionario de Franco, y en cuyo gobierno la mayoría de los miembros de su gabinete tenían esa misma condición.

Muy recientemente nuestro Secretario de Cultura inició la campaña 'Memoria Ante el Olvido', buscando rememorar tanto los crímenes como los héroes de la dictadura dominicana.

La referencia al holocausto contra los judíos (y también contra los poco recordados gitanos) y la admisión por parte de los alemanes de su culpabilidad, nos hace recordar aquel dramático gesto de Willy Brandt, Canciller y Premio Nobel alemán, cuando al llegar a Auschwitz, se arrodilló y, bajando la cabeza, pidió perdón públicamente a nombre de su pueblo.

Tal vez debemos aprovechar el muy raro hecho de que en ambos lados de nuestra isla ahora contamos con presidentes elegidos libremente, para que, en un acto solemne, tanto René Preval como Leonel Fernández pidan perdón públicamente por los crímenes cometidos por un país contra el otro.

Preval solicitaría perdón por los genocidios en Santiago y Moca de principios del siglo diecinueve y Fernández haría lo mismo por la masacre de fines de 1937.-

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15.9.06

NEGROS DE MENTIRA Y BLANCOS DE VERDAD


Federico Henríquez Gratereaux

Por Federico Henríquez Gratereaux
Periodista y ensayista dominicano. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Premio Nacional de Ensayo.

Haití es el otro lóbulo de nuestra historia. En los últimos 300 años todo lo que ha ocurrido en la parte oeste de nuestra isla ha repercutido sobre la vida de los dominicanos. No hay ninguna duda de que el problema de Haití ha sido –y es- el centro de la sociología política dominicana. Los historiadores y sociólogos haitianos no tienen ningún empacho en reconocer esta verdad incuestionable. Price-mars titula su famoso libro sobre la República Dominicana y la República de Haití: Diversos aspectos de un problema histórico, geográfico y etnológico.

A mi manera de ver, algunos de los artículos publicados con motivo de la reciente polémica sobre los haitianos indocumentados que viven en el territorio dominicano, han sido parciales o insuficientes. En primer lugar, no se trata de un problema racial; se trata de un problema cultural. En el Africa negra influida por los árabes es posible encontrar individuos –negros puros- que usan el albornoz, hablan la lengua árabe, son mahometanos, fuman el narguille. Su cultura es enteramente árabe aunque su piel sea completamente negra. No es lo mismo el negro biológico –piel, morfología, ángulo facial- que el negro biográfico –lengua, historia, costumbres-.

Las despoblaciones realizadas por el Gobernador español Osorio, en 1605 y 1606, dejaron la parte norte de nuestra isla a merced de los aventureros, filibusteros y bucaneros, que habitaban la Isla de la Tortuga. Los franceses normandos que poblaban esa isla (de la Tortuga) empezaron a trasladarse a la parte noroeste de La Española y formaron una colonia francesa.

En esa colonia se fomentaron plantaciones atendidas por mano de obra esclava. Estos esclavos procedían de diferentes lugares de Africa: bantúes, sudaneses, del Senegal, del Dahomey –y no hablaban una lengua común. Adoptaron como lengua franca el francés normando que hablaban los propietarios de las plantaciones-. Este francés normando es el origen del cróele haitiano que hoy se habla allí. Sobre este punto es interesante leer The Haitian People, del sociólogo norteamericano James Leyburn, quien da a conocer un trabajo filológico, publicado por Yale University Press, acerca de las particularidades lingüísticas del cróele.


En la Biblioteca Nacional (de Santo Domingo) se encuentran ejemplares de los libros de Jules Faine y Suzanne Silvain, quienes han hecho pormenorizado estudio de la gramática cróele, de su sintaxis y lexicografía. El cróele haitiano no es un patois del francés, o sea, una corrupción. Es una lengua en desarrollo, históricamente anterior al francés moderno, que ya tiene poemas, proverbios, gramática. Apunto todo esto para señalar que los haitianos constituyen un pueblo bilingüe. En la República Dominicana se habla una sola lengua: la lengua española. Y esta es la primera y básica diferencia entre el negro dominicano y el negro haitiano.

La esclavitud en las plantaciones de la colonia del oeste (hoy Haití) fue tan intensa que los esclavos apenas sobrepasaban siete u ocho años de vida útil. Esa espantosa explotación no permitía que vivieran muchos años. La consecuencia de esas muertes por agotamiento fue que los colonos franceses se vieran obligados a importar continuamente nuevos esclavos que sustituyeran a los caídos. De modo que siempre eran nuevos, pues esa explotación inmisericorde no permitía que nacieran en Haití, que se criaran criollos nacidos en la nueva tierra.


Cuando estalló la revolución haitiana (en 1793) la mayoría de los líderes que la dirigieron habían nacido en Africa. Ese es el caso de Biassou, Jean Francois, Dessalines. No es seguro que Bouckmann haya nacido en Jamaica, ni es seguro que Cristóbal naciera en Saint Kitts. Toussain fue el único líder de la revolución –el más viejo- que con toda seguridad sabemos nació en Haití. Si los esclavos morían rápidamente, y siempre eran importados nuevos esclavos de Africa, no es de extrañar que mantuviesen siempre una vinculación cultural con el Africa de origen.

En el Santo Domingo español hubo plantaciones en los primeros años de la colonia, pero el desarrollo económico posterior es de la ganadería. En lugar de plantaciones hubo hatos. Los esclavos dominicanos no estuvieron sometidos al duro trabajo de cuadrillas que se exige en las plantaciones. Es útil recordar que tanto Toussaint como Bouckmannn intentaron conseguir que en las plantaciones haitianas se suprimiera la pena de foete durante 3 días a la semana. Tres días sin foete se consideraba una importante conquista o mejora en las condiciones de trabajo.

En Santo Domingo los esclavos vivían ordeñando y arreando vacas; por eso no morían con la facilidad que morían los esclavos haitianos. Y por eso no había que importar nuevos esclavos “recién llegados” de Africa. De este modo entre los negros esclavos de Santo Domingo se fue atenuando la vinculación con Africa, y se operó un largo proceso de transculturación en sentido hispánico. Plantaciones y hatos es otra diferencia fundamental en el desarrollo social de los dos países. Lemonnier Delafosse, en Segunda Campaña de Santo Domingo, dice que los negros dominicanos de esa época exclamaban orgullosos “yo soy blanco de la tierra”, para indicar que habían nacido criollos y no en Africa, y creo que este aspecto es también básico para entender la diferencia cultural que separa a Haití de Santo Domingo.

Un poeta haitiano, León Laleau, escribió un poema que dice:

Ese corazón obsesionante
que no corresponde a mi lengua
o a mis costumbres,
y sobre el que muerden, como un gancho,
sentimientos prestados y costumbres de Europa...
¿sienten ustedes este sufrimiento
y esta desesperación sin paralelo,
de domeñar con palabras de Francia
este corazón que me vino del Senegal?

Esta dualidad o conflicto cultural no existe en el negro dominicano que se siente instalado, de modo unívoco, en su lengua materna, que es la lengua española. El primer cultivador de la poesía negroide en Santo Domingo es Manuel del Cabral, un poeta vivo, esto es, reciente. Y no se trata de una poesía que provenga de una corriente social autónoma y nacional –como es el caso de Cuba- sino de influencias belgas, españolas y cubanas; quiero decir influencias extranjeras. La poesía negra dominicana está escrita por blancos, que en esos textos protestan por la infravaloración social de negro.

Santo Domingo no se independizó de España, como casi todas las naciones de América; se independizó de Haití. Y aquí hay otro aspecto importante de nuestra cultura no suficientemente subrayado. Las invasiones haitianas de 1801, 1805, 1822; después la dominación por 22 años; los muy impopulares impuestos establecidos por Boyer para pagar reparaciones a Francia y cobrables en Santo Domingo; luego diversas invasiones frustradas, fijaron el anti-haitianismo en la conciencia nacional dominicana.

El anti-haitianismo no es obra ideológica de los grupos superiores dominantes –como han dicho muchas personas-; es algo que penetró hasta en el folklore nacional. A comienzos de este siglo (siglo veinte) se asustaba a los niños diciéndoles: “Vete a acostar que ahí viene el haitiano”. Y el folklore, en resumidas cuentas, no es otra cosa que la cultura de los pobres. Los llamados “horrores de Dessaliness” están documentados nada menos que en el propio diario de campaña de Dessalinnes.

Toussaint no entendió nunca la razón por la cual los dominicanos negros no manifestaban tanto interés como los haitianos en la lucha por abolir la esclavitud. Tampoco lo entendió Dessalines. Price-Mars, el sociólogo y etnólogo, nos acusa de bobarismo, esto es, de creernos ser lo que no somos; unos negros que nos creemos blancos. Pensó el Dr. Price-Mars que se trataba de una manifestación hipócrita del pueblo dominicano. Es, en realidad, un problema de cultura. No somos blancos de verdad; somos negros de mentira; que son dos cosas de decir lo mismo: piel negra y lengua española. La autopercepción racial del dominicano –sea blanco, mulato o negro- lo revela poco menos que “desvinculado” culturalmente de Africa y atado a la cultura hispánica, todo ello sin sombra de hipocresía. Lo cual quiere decir que el pleito actual entre “africanistas” e “hispanistas” está mal planteado desde la raíz.

II

Durante gran parte del siglo pasado (siglo diecinueve) los dominicanos vivieron sobresaltados por el miedo a las invasiones haitianas. Este miedo era, al mismo tiempo, miedo militar, miedo económico y “miedo demográfico”. Haití poseía las armas de Leclerc, esto es, las armas de Napoleón, del imperio francés, las armas de la nación más poderosa de entonces. Es opinión aceptada que Haití era en aquella época la colonia más rica de Francia y tal vez del mundo. En 1790 Haití contaba con una población de 400.000 esclavos, 28,000 mulatos y 10,000 blancos (total: 438,000 personas). En cambio, Santo Domingo, según un censo realizado poco después de las emigraciones resultado del Tratado de Basilea de 1795, tenía una población de unas 73,000 almas. De este tratado, que nos cedió a Francia, dice Pedro Henríquez Ureña que fue recibido: “con dolor de los naturales y llanto de poetas”. Quiere decir que Haití tenía mayor población, reputación de mayor riqueza y mejores armas que los dominicanos. Ante un enemigo tan poderoso es explicable que se mantuviera vivo un anti-haitianismo militante entre los pobladores de la parte Este de la isla. Riqueza económica, poderío militar y población numerosa, causaban miedo a unos vecinos pobres y débiles.

Al ir desapareciendo esos tres factores de superioridad, es también explicable que haya menguado el anti-haitianismo y que haya sido substituido por una especie de dolorido idealismo pro-haitiano.

¿Por qué se empobreció Haití?

El Presidente Petión comenzó una reforma agraria la cual fue continuada por Boyer, su sucesor al frente del gobierno desde 1818. La plantación había sido considerada por Toussaint como la unidad económica de producción en Haití; pero a la vez las plantaciones fueron el símbolo de la esclavitud. Siguiendo las disposiciones de la reforma agraria de Petión se distribuyeron tierras entre la población campesina y se dividieron algunas grandes propiedades. Se pasó así del latifundio al minifundio. Los trabajadores que formaban parte de esa unidad coherente de producción que era la plantación, llegaron a ser cultivadores libres de conucos de subsistencia. Esto quiere decir que se arruinó la industria y Haití se convirtió en una nación de campesinos. Esa es una de las causas más importantes del empobrecimiento de nuestros antiguos ricos vecinos. Los comunistas haitianos de hoy llaman a este paso de su historia “el error revolucionario”.

La tasa de natalidad en Haití es una tasa elevadísima, la resultante final, que es la tasa de crecimiento de la población, ha sido más baja en Haití que en la República Dominicana. Aunque a finales del Siglo XVIII Haití tenía una población de casi medio millón de habitantes, y Santo Domingo no llegaba a los 100,000, al ser nuestra tasa de crecimiento más elevada, hemos casi alcanzado la población de Haití. A pesar de que el crecimiento poblacional es una progresión geométrica y de que Haití partió de una base mayor. Y ahí tenemos cómo ha desaparecido el “miedo demográfico” y el miedo económico. En cuanto a las armas de Napoleón, obtenidas tras la derrota de Leclerc –armas entonces poderosas-, el paso del tiempo las ha despojado de su importancia técnica y militar. Aquí está la fuente de nuestro cambio de actitud frente a los haitianos; en lugar de “los peligrosos haitianos” de ayer tenemos hoy a “los pobres e indefensos haitianos”.

Como es de todos sabido, a comienzos del siglo pasado (siglo diecinueve) –desde 1807- Haití tuvo dividido en dos estados independientes; una república en el Sur dirigida por Petión; y un reino en el norte, cuya capital fue el Cabo Haitiano de hoy, dirigida por Cristóbal, el célebre constructor de la Citadelle. A esa localidad se se llamó primero El Guarico, después Cabo Francés, más adelante Cabo Henry y, finalmente, Cabo Haitiano. Al matarse Cristóbal de un pistoletazo en el pecho, se aceleró la unificación de Haití en un solo Estado. Los soldados licenciados de Cristóbal también recibieron tierras en la continuación de la reforma agraria dirigida entonces por Boyer.

Todo esto ocurría en el año 1820, dos años antes de la invasión de Boyer a nuestro país. No debe olvidarse que en 1815, a la caída de Napoleón, se empezó a hablar en Francia de una posible restauración de los Borbones. En España los Borbones reinaban desde 1700, tras ascender al trono Felipe V. Los líderes haitianos temían que si se restauraba la monarquía en Francia, la presencia de España en la parte Este de la isla podría ser peligrosa, pues eso significaba que habría Borbones en París y Borbones en Madrid.

La independencia proclamada por Núñez de Cáceres en 1821 dio oportunidad a los haitianos de invadir la parte Este de la isla sin provocar a los gobiernos europeos. Y las nuevas tierras ocupadas ofrecieron la ocasión de ampliar una reforma agraria para beneficiar a miles de antiguos soldados del viejo régimen de Cristóbal.

Tal vez estos datos históricos no sean del todo inútiles para comprender el cambio de actitud mental de los historiadores contemporáneos con respecto a nuestros viejos historiadores tradicionales. Estos últimos eran todos anti-haitianos, puesto que recibían como herencia sentimental una larga historia de luchas contra los franceses: primero contra los “franceses blancos” , antes y después del Tratado de Aranjuez de 1777; y después contra los “franceses negros”, antes de ser liberados y también después de su revolución. Manuel Arturo Peña Batlle, nuestro gran historiador, nació en 1902.

La lengua es, entre todas las manifestaciones de la cultura de un pueblo, la más abarcadora y de más sutil influencia. El idioma es una psicología colectiva que “nos hace” por dentro; la lengua es la matriz fundamental de nuestra cosmovisión o manera de ver el mundo. Los modos económicos de producción y las guerras también dejan sus huellas como “formas de vida” o cicatrices existenciales.

Es claro que existen influencias africanas en nuestra cultura –en la música, en la comida, en la religión –pero todas ellas están incorporadas a un torso cultural básico que es hispánico.

Con seguridad los dominicanos no somos “blancos de verdad”, pero podríamos ser “negros de mentira”. Muchas naciones de América sienten su cultura “como problema”. En el Cuzco, algunos peruanos de hoy contemplan las construcciones incaicas como algo ajeno y miran las iglesias y los edificios de la municipalidad taimen como algo ajeno –nos dicen que fortalezas y calles incaicas fueron hechas por ellos-,; y miran las iglesias y los edificios de la municipalidad también como ajenos, construidos por ellos los españoles. Y esos peruanos no saben a que carta quedarse, a qué cultura adscribirse de todo corazón. ¿Hijos del imperio incaico o hijos de la colonización española? No aciertan encontrar su identidad antropológica.

El Santo Domingo español es plenamente una población de mulatos desde mediados del Siglo XVI; desde esa fecha la corona española tuvo que aceptar que los mulatos tuviesen cargos públicos. Eso contribuyó mucho entre nosotros a la atenuación de los prejuicios raciales. En Cuba, el gobiernos colonial español trazó una política racista que no pudo mantener en Santo Domingo. De todos los países birraciales de las Antillas, Santo Domingo es el que conserva menos prejuicios raciales. Jamaica, Martinica, Cuba, no pueden compararse con Santo Domingo. Haití, como es bien sabido, ha sufrido varias guerras raciales entre negros y mulatos.

Tiene razón Juan Bosch cuando dice que Santo Domingo nunca ha tenido una guerra social. Podemos añadir que tampoco nunca ha tenido una guerra racial. Los sociólogos e historiadores, desde luego, no nos explican por qué no han ocurrido ninguna de las dos cosas.

Sin embargo, estos asuntos culturales e históricos son tan sólo el marco dentro del cual podemos abordar los más peliagudos y recientes problemas económicos y políticos que existen entre la República Dominicana y la República de Haití.-

Santo Domingo, República Dominicana,
Octubre, 1994.

Los paréntesis son de Orbe Quince


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